Los fondos soberanos: Secretos, poderosos y por encima de la ley

FUENTE

Cuando el gobierno de Abu Dhabi anunció a finales de noviembre que había adquirido el 4,9% de Citigroup por 7.500 millones de dólares, la reacción general fue de alivio porque de este modo la empresa podría salir de la crisis de las hipotecas subprime o de alto riesgo.

Por este mismo motivo se recibía con los brazos abiertos la venta a principios de diciembre del 10,8% de UBS al gobierno de Singapur y a un inversor desconocido de Oriente Medio por 11.500 millones de dólares.

Pero el hecho de que la propiedad esté en manos extranjeras –o para ser más precisos, en manos de gobiernos extranjeros- ¿es algo realmente bueno? Muchos expertos creen que debemos mantener los ojos bien abiertos ante esta floreciente tendencia, en especial en busca de cualquier señal que muestre que estos fondos dejan de ser meras inversiones y se convierten en vehículos para ejercer presión política en los países “objetivo”. “Creo que la presión política es una preocupación legítima, pero en mi opinión aún no se han detectado señales de alarma”, dice el profesor de Finanzas de Wharton Franklin Allen.

No hay nada intrínsicamente malo en la propiedad extranjera, sugiere el profesor de Finanzas de Wharton Richard Marston, pero la propiedad en manos de gobiernos extranjeros podría ser diferente de la propiedad en manos de empresas extranjeras. “Claramente hay sectores en los que sería preocupante que ciertos países fuesen propietarios”, dice señalando el caso del sector aéreo y los contratos militares. “Es preocupante que sean gobiernos y es preocupante su motivación”.

Los gobiernos, a través de fondos soberanos conocidos como sovereign wealth funds o fondos de inversión estatales, han invertido este año miles de millones de dólares en empresas financieras de Occidente, desde Bear Stearns y Barclays a HSBC Holdings o el Grupo Blackstone, comprando participaciones a precios muy atractivos como consecuencia de la crisis de las hipotecas subprime. Es más, dos fondos estatales de Oriente Medio poseen en la actualidad un tercio de la Bolsa de Londres.

Ninguna de estas inversiones ha despertado tantos temores como cuando en 2006 una empresa propiedad del gobierno de los Emiratos Árabes Unidos manifestaba su intención de adquirir una empresa responsable de la gestión de diversos puertos estadounidenses; se podía respirar cierta incomodidad por el hecho de que un país de Oriente Medio participase en el control de potenciales puntos de entrada de terroristas. “Cuando se trata de chinos o árabes, los motivos en parte responden a cuestiones emocionales”, sostiene Marston.

Preocupación por el secretismo

No obstante, a algunos políticos y economistas les preocupa el creciente poder de los fondos soberanos, en su mayoría basados en Oriente Medio y Asia. El Fondo Monetario Internacional (FMI) estima que estos fondos controlan unos 3 billones de dólares en activos, cifra que en 1990 apenas superaba los 500 millones. Asimismo, el FMI cree que van a seguir creciendo hasta alcanzar en 2012 los 10 billones de dólares.

Las inversiones internacionales no son nada nuevo, pero los fondos soberanos plantean una serie de cuestiones especiales porque las decisiones de inversión están controladas por gobiernos, no por individuos o corporaciones. Y a diferencia de los bancos centrales -que suelen invertir sus reservas en activos como fondos del tesoro estadounidense-, es frecuente que los fondos soberanos inviertan en corporaciones. Este año el principal país receptor de estos fondos ha sido Estados Unidos.

Se estima que los 20 mayores fondos soberanos, cada uno valorado en más de 10.000 millones de dólares, controlan más de 2 billones de dólares en activos, eclipsando los 1,5 billones de dólares que supuestamente gestionan los fondos de inversión especulativos de alto riesgo o hedge funds, para los cuales se ha reclamado una mayor regulación debido a su capacidad de influencia sobre los mercados. Al igual que los hedge funds, la mayoría de los fondos de inversión estatales son secretos. No existe un listado exhaustivo con lo que poseen, ni tienen obligación de hacer pública su política de inversión.

Según un análisis frecuentemente citado llevado a cabo por Edwin M. Truman, miembro senior del Peterson Institute for Internacional Economics en Washington D.C., el fondo Abu Dhabi Investment Authority, creado en 1976, es el mayor fondo de inversión estatal, y sus activos se estiman entre 500.000-875.000 millones de dólares. El siguiente en importancia es el Government of Singapore Investment Corp., creado en 1981 y valorado en 100.000-330.000 millones de dólares. Singapur también gestiona el fondo creado en 1974 llamado Temasek Holdings, cuyo valor estimado es de 108.000 millones de dólares. A principios de diciembre, Temasek declaró su intención de proporcionar 1.000 millones de dólares a un fondo de capital riesgo puesto en marcha por la estadounidense Goldman Sachs Group para invertir en China.

Noruega tiene 308.000 millones de dólares en su Government Pension Fund. Dos fondos de Kuwait alcanzan conjuntamente los 213.000 millones de dólares. Rusia tiene un fondo de 122.000 millones de dólares y China un fondo de 66.000 dólares. Otros grandes fondos están gestionados por Qatar, Argelia, Brunei, Corea, Malasia, Kazajistán, Venezuela, Canadá, Irán y Nueva Zelanda.

Aunque estos fondos son en principio habituales en países con superávit comercial, Estados Unidos tiene, el Alaska Permanent Fund, gestionado por el estado de Alaska y creado en 1976 para reinvertir los beneficios procedentes del petróleo.

El fondo más antiguo, que existe desde 1960, es el Kuwait’s General Reserve Fund. Ahora los fondos captan más nuestra atención por el descomunal tamaño que están adquiriendo debido al precio del petróleo. Truman sostiene que los fondos aún podrían crecer más si los países que los gestionan estuviesen interesados en desviar más reservas en forma de divisa extranjera hacia los mismos. Por ejemplo, China dispone de 66.000 millones de dólares en su fondo soberano pero tiene más de 1,2 billones de dólares en reservas, en su mayoría invertidos en bonos del tesoro estadounidense. En opinión de Allen, China podría estar interesada en dedicar más dinero a sus fondos estatales por temor a que la adquisición de más bonos del tesoro desestabilice el mercado de bonos. “Si invierten todo su dinero en bonos del tesoro, se van a empezar a observar efectos sobre los precios”, explica.

Reinvertir -por el momento- los beneficios del petróleo

El motivo por el que la mayor parte de los fondos soberanos están creciendo desmesuradamente es el espectacular aumento del precio del petróleo. De hecho, no es coincidencia que los mayores fondos pertenezcan a naciones productoras de petróleo, las cuales utilizan estos fondos para reinvertir los beneficios del petróleo y así poder disponer de nuevas fuentes de ingresos cuando el petróleo se acabe, señala Marston. De hecho, el fondo de Noruega -modelo a imitar en cuanto a su gestión-, fue creado para reinvertir los beneficios derivados del petróleo del Mar del Norte. “Básicamente se plantearon lo siguiente: En lugar de distribuir ahora toda la riqueza, queremos guardar algo para el futuro para que los noruegos puedan disfrutar de una anualidad cuando el petróleo se agote”.

Los países que acumulan reservas en forma de divisas extranjeras normalmente las invierten en activos líquidos como letras y bonos de tesoro estadounidense. Pero cuando las reservas alcanzan un tamaño suficiente como para cubrir cualquier situación de corto plazo –como una intervención para estabilizar el tipo de cambio-, los países empiezan a valorar la posibilidad de comprometer su dinero en inversiones a largo plazo con mayor rendimiento, explica el profesor de Finanzas de Wharton Richard J. Herring. “Si tus necesidades de liquidez están cubiertas, entonces empiezas a pensar en hacer inversiones de más largo plazo. Es una reacción muy natural”.

Dado que los fondos soberanos tradicionalmente han adoptado a la hora de invertir un enfoque de largo plazo, poseen una enorme influencia estabilizadora sobre los mercados financieros mundiales, explica Herring. Pero como la magnitud de los 20 fondos más importantes es tan relevante, un porcentaje muy pequeño de personas -que con frecuencia suelen vivir en países autocráticos- acaban concentrando muchísimo poder económico. Por el contrario, la mucha menor cuantía controlada por los hedge funds está dividida entre miles de individuos.

En un artículo del Financial Times publicado el pasado mes de julio, el ex secretario de Tesoro y presidente de Harvard Lawrence Summers señalaba que los gobiernos-accionistas no siempre tienen que compartir intereses con el resto de accionistas “normales”. “La lógica del sistema capitalista depende de que los accionistas hagan que el objetivo de las empresas sea maximizar el valor de sus acciones”, escribía Summers. “Resulta obvio que, con el paso del tiempo, éste será la única motivación de los gobiernos como accionistas. Los gobiernos quieren ver que sus empresas compiten de forma eficiente, o bien acceder a tecnología o tener influencia”.

Los países receptores o gobiernos “objetivo” podrían al final acabar viviendo situaciones extrañas, explicaba. “¿Qué ocurrirá cuando un país se una a determinada coalición y pida al presidente de Estados Unidos que apoye una rebaja fiscal para una empresa en la que ha invertido? ¿O cuando se debata sobre ayudar o no a una empresa en dificultades cuya deuda está básicamente en manos del banco central de un país aliado?

Hasta el momento no se han producido casos significativos en los que se haya utilizado dicho poder con fines políticos u otros fines. Uno de los pocos casos reseñables es relativamente “suave”: en junio de 2006 el fondo noruego vendió sus 400 millones de dólares en acciones de Wal-Mart criticando el modo en que la empresa trataba a sus trabajadores.

No obstante, la tentación de utilizar el poder financiero con fines no financieros siempre ha estado presente, sostiene Herring recordando que en los 80 muchas universidades estadounidenses y fondos de pensiones se desvincularon de empresas que hacían negocios en Sudáfrica. “Muchos grandes inversores rehacían sus carteras por motivos que no eran económicos. Son cosas que ocurren cuando la gestión de un fondo obedece en parte a motivos políticos”.

Una mirada interna a las empresas occidentales

En opinión de Herring, las inversiones que estos fondos soberanos realizan en empresas de servicios financieros podrían deberse no sólo a la esperanza de obtener buenos rendimientos, sino al deseo de aprender cómo operan esas empresas occidentales. Además de los últimos acuerdos señalados, a principios de este año China pagaba 3.000 millones de dólares por una participación del 9,3% en Blackstone Group, la firma de capital-riesgo con sede en Nueva York. “En mi opinión estas inversiones son muy diferentes al tipo de inversiones pasivas en carteras que se pueden ver en Noruega”.

Es más, esto no debe constituir una señal de alarma, ya que el gobierno de Estados Unidos puede intervenir si realmente detecta un problema. “Las normas pueden cambiar si nos empieza a preocupar, por ejemplo, el negocio del cultivo agrario porque consideramos que tiene una importancia estratégica”. La legislación estadounidense da la bienvenida a las inversiones extranjeras siempre y cuando no supongan riesgos para la seguridad nacional.

Para muchos expertos, la mayor preocupación hoy en día no son los potenciales problemas políticos, sino la incertidumbre sobre cómo los fondos de inversión estatales pueden afectar a los mercados financieros. En un artículo publicado este otoño en Finance & Development, una publicación trimestral del Fondo Monetario Internacional, el director de investigaciones Simon Johnson señalaba que “desafortunadamente no sabemos muchos sobre los fondos soberanos. Son pocos los que publican información sobre sus activos, obligaciones o estrategias de inversión”.

En su opinión, si los fondos siguen una estrategia de largo plazo –comprar y retener las acciones-, contribuirán a la estabilización de los mercados. Asimismo, Johnson señalaba alguna evidencia anecdótica de inversiones realizadas por estos fondos estatales en otros fondos, como por ejemplo hedge funds, que tienen un efecto multiplicador a través de los préstamos. Los préstamos pueden desestabilizar los mercados cuando las cosas se ponen feas.

El valor global de los valores cotizados se acerca a los 165 billones de dólares; así pues, los 3 billones de dólares en fondos de inversión estatales no deberían, por el momento, ser muy preocupantes, escribía Johnson. Pero si la cifra alcanza los 10 billones y muchos fondos recurren a los préstamos, tal vez se necesite cierta supervisión, añadía.

Truman, del Peterson Institute, defiende “un incremento masivo de la transparencia y responsabilidades” de los fondos de inversión estatales. Al menos los fondos deberían, en su opinión, publicar informes anuales detallando sus estrategias de inversión y sus activos. Este otoño el Departamento del Tesoro de Estados Unidos pedía al FMI y al Banco Mundial que elaborasen una guía “de buenas prácticas” para los fondos de inversión estatales.

Allen, Herring y Marston están de acuerdo en que una mayor transparencia sería algo positivo. Sin embargo, Herring señala la dificultad para imponerla. “Es difícil conseguir que se cumplan las directrices voluntarias cuando las personas que toman las decisiones de inversión no están realmente involucradas en la elaboración de dichas directrices”.

Publicado el: 09/01/2008

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