Gadafi aguantó seis meses

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22.08.11 | 10:27. Archivado en Planeta Tierra

Al iniciarse el mes de marzo pasado parecía inminente la caída de Muamar Gadafi, aislado en la capital y con la flota de Estados Unidos navegando a corta distancia. Se han necesitado seis meses de agonía, de guerra civil, de destrucción del país y de no pocas violaciones de las supuestas normas internacionales. Hillary Clinton había señalado entonces dos alternativas: democracia o guerra civil interminable. Interminable, dijo. Los fracasos de Afganistán e Irak, el millón y medio de barriles diarios para los que Europa tenía pocas alternativas, y la posición de Libia en medio del Mediterráneo, han aconsejado prudencia. El siguiente análisis fue escrito el 2 de marzo pasado, cuanto se inició la caída de Gadafi, y publicado en la revista ‘Más de Política’.

Esta vez el dictador de turno no era un fiel empleado capaz de negociar una prejubilación voluntaria, como en los casos del tunecino Ben Ali y el egipcio Hosni Mubarak. Se trataba del astuto e imprevisible Muamar al Gadafi, toda una leyenda en el arte de conservar el poder haciendo piruetas, una figura descomunal, un ‘outsider’ sólo comparable a Fidel Castro.

Gadafi ha sido uno de los más famosos personajes del circo mediático global del siglo pasado, perseguido por las cámaras, generador de mil rumores, una leyenda viva que viajaba en avión con su jaima y una camella que le surtiera de leche fresca para el desayuno. Un cuerdo que se hacía el loco; que en 1988 tras un sueño se subió a una excavadora y abrió un boquete en una cárcel de Trípoli por el que dejó salir a los presos; que en 1999 recibió una cumbre extraordinaria de la Organización para la Unidad Africana (OUA) presentándoles el llamado Cohete Libio, un coche deportivo estilo Batman, made in Libia, que iba a ser el más rápido y el más seguro de la historia; que se había rodeado de una guardia personal de supuestas vírgenes sanguinarias, y que cierta vez se puso un guante al estrechar la mano de Hassan II para no tocar la mano que había estrechado manos judías. El escritor Tahar Ben Jelloun dice que la Libia de Gadafi parece diseñada a medias por George Orwell y Franz Kafka: ‘Todo es fingido, absurdo y extraño’.

Será por eso que la presente rebelión tiene tintes tan extraños, que la plana mayor del Régimen ha abandonado a las primeras de cambio, que los manifestantes tienen armamento pesado, que la policía ha desaparecido, que el dictador ha contratado mercenarios deprisa y corriendo, que todo es tan raro.

Y es que, bajo la apariencia de un desequilibrado, de un provocador histriónico, se esconde un astuto personaje nacido en 1942 que ocupa el poder absoluto en su país desde 1969. Cuarenta y un años de ejercicio ininterrumpido de una dictadura que todo indicaba que iba perpetuarse en dinastía hereditaria con su hijo mayor, Sayf al-Islam. Hasta que prendió la mecha de la oleada de cambios que sacude el mundo árabe.

Muamar al Gadafi cumple 70 años de edad en 2012; todo indica que de hacerlo, no será en el trono libio en que lleva instalado tanto tiempo. Con 27 años se hizo el líder de un golpe militar nacionalista que transformó en una apoteosis de culto a su personalidad copiada del maoísmo. Intentó un panarabismo imposible y un panafricanismo paranoico en sendos delirios de convertirse en Gran Timonel árabe y africano. Se adelantó una década a Al Qaeda en apadrinar el terrorismo internacional contra Occidente, pero el derrumbe de la Unión Soviética le dejó sin retaguardia, y tuvo que transformarse a regañadientes en súbdito del nuevo orden mundial a cambio de conservar el control de su feudo. Al final se durmió en los laureles mientras cuajaban redes de oposición que han terminado dominando la calle, los cuarteles y un país donde dicen que no existen instituciones, sólo tribus de beduinos subvencionados y jóvenes desempleados viviendo en internet.

Este mago del transformismo político, este camaleón de tonos islámicos a conveniencia, este superviviente de la guerra fría, retador del imperio ganador, nadador multipolar buscando nuevos puertos, es posible que haya terminado creyéndose sus delirios. Oficialmente no ocupaba ningún cargo público, sus títulos honoríficos eran los de Gran Hermano y Guía de la Revolución. En la práctica todo el país era suyo. Una ficción demasiado estrambótica para durar. El emperador iba desnudo y sus pobres súbditos empezaron a verlo.

El Estado libio era Gadafi, el gestor único, un socio importante de Occidente. La Unión Europea ultimaba un acuerdo comercial con Libia, Italia lo tenía desde 2008. En los dos últimos años, el primer ministro Silvio Berlusconi ha visitado ocho veces Libia, y el coronel ha plantado sus jaimas en Italia en cuatro ocasiones. Gadafi es el quinto inversor individual en la Bolsa de Milán. Lafico, la empresa con la que el Gran Hermano invierte en el extranjero, tiene el 7,5% del capital de la Juventus, el equipo de fútbol, y el 2% de la Fiat. El fondo soberano Lybian Investment Authority (LIA) es dueño del 1% de ENI, el coloso energético italiano. Y Trípoli es el primer accionista de Unicredit, el mayor banco de Italia, con una cuota del 7,5%, valorada en unos 2.500 millones. La operación catapultó a Gadafi al corazón de las instituciones financieras italianas y europeas: de los 316 votos que administran el Banco de Italia, Unicredit posee 50, y a su vez el Banco de Italia posee el 12,5% de los derechos del Banco Central Europeo. Mientras el Consejo de Seguridad de la ONU y la UE balbuceaban un comunicado de condena, se anunciaba que Libia compraba el 2% de las acciones del grupo estatal Finmeccanica, octavo vendedor de armas y equipos aeroespaciales del mundo.

Alemania era su segundo abastecedor después de Italia. En Reino Unido, muchos ciudadanos habrán sonreído esta semana al recordar que Libia es dueña del 3% de Pearson, el grupo editor de uno de los periódicos más prestigiosos del mundo, el Financial Times. Desde que Blair se hizo la primera foto con Gadafi en 2004, unas 150 compañías británicas han sentado sus reales en Libia. El Libyan Investment Authority (LIA), el fondo soberano libio, tiene una liquidez de 65.000 millones de euros.

Hay un Gadafi de leyenda, en buena medida prefabricado, y un Gadafi real, casi desconocido por completo. Se le presenta como un payaso pero no lo es y puede que haya actuado toda su vida a golpes de pasión sincera.

Todo indica que este Fidel beduino va a caer antes que el caribeño. Ha sido ya traicionado por la mayor parte del aparato de poder que le adulaba. Pero no se puede dar por segura su caída hasta que suceda, así lo enseña su biografía. Su hijo mayor y heredero Sayf al-Islam al-Gaddafi ha anunciado; “Esto va a ser peor que Yugoslavia y que Irak. Ya lo veréis”. El patriarca dice que morirá como un mártir antes que huir. Si no pacta su salida, como hicieron Mubarak y Alí, podría terminar en el Tribunal Penal Internacional de caer vivo detenido.

Libia no tiene un ejército unido que pilote la transición. No tiene Parlamento, ni sindicatos, ni partidos políticos, ni sociedad civil, ni organizaciones no-gubernamentales. Su única institución solvente es la empresa petrolera estatal. “Habrá un vacío político”, dice Lisa Anderson, presidente de la American University en el Cairo y experta en Libia, que teme un período violento de ajuste de cuentas. Al Qaeda en el Magreb Islámico apoya la sublevación. Pero parece que esta transición va a estar también bien pilotada.

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