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Se acabó la fiesta

Extractado del libro “THE PARTY IS OVER”
Autor: Richard Heinberg
Traducción y comentarios: Juan Jesús Bermúdez Ferrer
Resumen
¿Cuándo se acaba realmente la fiesta? ¿Cuándo ha llegado a su máximo esplendor? ¿Cuándo se empiezan a apagar las luces y retirar la comida? El escritor norteamericano Richard Heinberg, uno de los grandes divulgadores mundiales del “techo del petróleo” (peak oil) y sus consecuencias sobre nuestras sociedades, ha descrito de forma magistral y muy didáctica en “The Party´s over” el surgimiento, apogeo y previsible declive de nuestra particular fiesta de la sociedad industrial. Recomendamos su lectura ya en español, bajo el título “Se acabó la fiesta: guerra y colapso económico en el umbral del fin de la era del petróleo”, a través de su publicación (en una traducción mejorable y con algunos errores) por parte de la Editorial Barrabes.

Merece la pena leer al autor, aunque la mayoría de sus publicaciones se encuentren hoy en inglés. “Powerdown” es su magnífico libro posterior, junto a “The Oil Depletion Protocol”. Heinberg es promotor de ‘soluciones’ cooperativas y comunitarias al declive energético, para lo que ha impulsado, sobre todo en el mundo anglosajón y, específicamente en EEUU el citado ‘Protocolo para el declive energético’, a través de varias webs que patrocina:

http://www.richardheinberg.com/

http://www.oildepletionprotocol.org/

Los centros turísticos están en medio de la gran fiesta de la sociedad tecnológica: parte de esa fiesta consiste en desplazar multitudes de una latitud a otra del Planeta, para tostarse al sol, quemando para ello un precioso “oro negro” (el combustible JP-4, un tipo de queroseno que mueve a la aviación civil y militar mundial) que está llegando a su máxima producción mundial, si no lo ha hecho ya en el pasado año 2006. El turismo de masas que alimenta los principales destinos es una industria pesada que precisa de una gran intensidad energética tanto en los traslados intercontinentales como en la estancia: un turista consume mucha más energía (agua, alimentos, objetos, servicios, etc.) que un ciudadano de a pie.

Pero con la llegada del cenit petrolero el turismo está arribando a su máxima expresión histórica: con un barril de petróleo a U$S 80 o 100 veremos acelerarse el proceso de fusión de compañías aéreas, la desaparición de compañías de bajo coste, y la reducción progresiva de las ‘ofertas’ de paquetes regulares. No es un proceso sencillo, pero la crisis energética-económica que se avecina será el golpe de muerte del turismo de masas: todos sabemos que, ante los problemas, lo primero que sacrificamos es el uso suntuario de la energía en actividades o servicios totalmente prescindibles, y los viajes de ocio lo son.

Por lo tanto, la fiesta terminará antes en los centros turísticos que en otros lugares: de hecho, en el año 2002 las Islas Canarias recibieron probablemente el máximo de turistas de su historia, y pese a que se han seguido construyendo y se siguen planificando nuevas camas turísticas, no se ha logrado rebasar esos números. Es previsible que nunca ya se vuelvan a alcanzar, aunque resulta evidente que el deterioro palpable de la ‘seguridad turística’ en oriente próximo (Egipto, Turquía, Líbano, etc.) ‘beneficiará’ al destino de las islas, y puede que redireccione transitoriamente al archipiélago a porcentajes de alemanes y británicos, otrora visitantes del mediterráneo oriental. En el debe, el deterioro más que probable de la economía europea a partir de los próximos años.

El declive del turismo de masas no es sino uno más de los que van a perjudicar a los centros turísticos en los próximos años: el encarecimiento del transporte en todos sus modos, del sistema agropecuario –tensionado al máximo por la proliferación de biocombustibles– del sistema financiero, que está entrando en una ‘era del dinero más caro’ y empezando a tambalearse con la previsible caída del dólar; y un largo etcétera. Todo un declive que no es sino el de esta sociedad industrial que ha superado con creces la capacidad de carga del Planeta, consumiendo con una velocidad inusitada la mitad de los recursos de crudo fácilmente extraíbles, y con ello, devastando zonas boscosas, acuíferos, impulsando los monocultivos industriales, cambiando el clima y causando un gran dolor en muchas zonas del mundo. Habrá, previsiblemente, y salvo que se ponga en marcha un programa cooperativo local y mundial de inmediato, un “ajuste poblacional”, y lo veremos, en forma de hambrunas, guerras importantes y quiebras de los sistemas de aseguramiento personal que considerábamos hasta ahora inherentes a nuestra civilizada condición de personas desarrolladas.


Decrecer desde la comprensión de nuestra civilización

Lo que nos propone Richard Heinberg es decrecer desde la comprensión de cómo hemos llegado hasta aquí y cómo, de forma inevitable –no por una suerte de pesimismo determinista, sino a partir de profusas informaciones de expertos en energía– nuestras sociedades descenderán obligadamente en el uso de la energía una vez comience el declive del petróleo, porque no es posible hoy sustituir su inmensa intensidad energética, y menos aún el crecimiento constante que requiere la economía global. Como dice en su epílogo de la edición revisada, “hay problemas en la vida que tienen solución, pero hay otros que no”: uno de ellos es el mantenimiento de nuestro crecimiento económico y de población con los actuales parámetros de uso de energía. Ante la evidencia de que no es posible seguir creciendo, Heinberg propone –en una sencilla síntesis y definición del decrecimiento– “comenzar sistemática y cooperativamente a reducir la población y el consumo energético per capita, hacer más localista nuestra economía y maximizar la eficiencia del uso energético”.

Antes de pasar a reseñar brevemente las diferentes partes de este recomendable libro hay que destacar sus observaciones con respecto al desenfrenado y mitológico optimismo tecnológico y fe ciega en soluciones mágicas como la “energía libre”, o el “bálsamo de fierabrás” del que habla Pedro Prieto (editor de http://www.crisisenergetica.org/), quien describe las más obtusas creencias en insólitos inventos que nos librarán de las ataduras de las Leyes de la Termodinámica, concretamente, de la Ley de la Entropía. Al respecto dice el autor que “el culto al inventor–salvador nos da esperanza en la salvación y en la recuperación del paraíso, pero es una ilusión falsa y venenosa, porque nos distrae de llevar a cabo las inteligentes aunque difíciles actuaciones que nos ofrecen una oportunidad mejor para sobrevivir al agotamiento de los combustibles fósiles”. Una de las partes más complejas de la tarea de hablar del cenit del petróleo es la incomprensión por parte de muchos de que los usos energéticos del petróleo no pueden ser sustituidos en su totalidad por el magnífico ingenio del hombre, porque “tecnología no es energía” y porque no son inmediatamente sustituibles recursos energéticos y naturales que no tienen las mismas características. Esta atadura mitológica al irrefrenable progreso no está basada, como decimos, en ciencia, sino en una poderosa fe en la tecnología: Algo surgirá, algo tendrá que surgir. Pero eso es funcionar sobre premisas falsas, y es un obstáculo fundamental para comenzar a trabajar desde la realidad. Si partimos de que la tecnología resolverá el problema estamos delegando nuestra responsabilidad en otros. Pero esta situación de declive no es técnica, es física y es socioeconómica. “Cuando funcionamos sobre una base de explicaciones falsas, vivimos en un estado de confusión y probablemente nuestros intentos por resolver los problemas no serán efectivos. Comprendiendo los problemas de manera más adecuada, tendremos una oportunidad mucho mejor de dirigirlos con éxito”.

Por ello es imprescindible en estos momentos ser realistas, aunque nos lleve esa situación a una sensación de abismo y pequeño –pero controlable, en el nivel personal– pánico histórico: únicamente desde la comprensión de la dimensión del declive energético y de su carácter de “problema no solucionable para mantener el actual status quo”, podemos comenzar a trabajar cooperativamente, con la vista puesta en lo que podemos hacer para lograr comenzar este declive con el menor dolor posible, marcándonos objetivos desde la realidad y no desde la fantasía y la fanfarria tecnológica y consumista. La tecnología del primer mundo es intensísima en consumo de recursos de todo el mundo, frente a la tecnología “intermedia” que postula E.F.Schumacher, el autor del libro “Lo pequeño es hermoso”. Para Heinberg “los objetivos irrealistas generan decepción y desilusión. Si esperamos para nuestros hijos una sociedad cargada de energía como la que hemos conocido nosotros, nuestras esperanzas se verán truncadas. De ese modo nos provocaremos una continua decepción”.

La energía es la condición básica y previa para la existencia de los demás recursos, por lo que no es sustituible. Cita a E.F.Schumacher: “No existe un sustituto para la energía. Todo el edificio de la sociedad moderna está construido sobre ella (…) no es sencillamente una materia prima más, sino la condición previa a todas las demás, algo tan básico como el aire, el agua y la tierra”. En las primeras páginas Heinberg ya establece su posición en torno al problema energético: a partir de la lectura de las publicaciones de los geólogos de la Asociación para el estudio del cenit del petróleo y del gas (ASPO) –que entonces eran un grupo informal de geólogos especialistas en petróleo, jubilados e independientes– concluye que el petróleo va a entrar en declive y que “puede que debamos pasarnos a las nuevas fuentes alternativas, pero las renovables no pueden reemplazar completamente a los combustibles fósiles y ha de tomarnos décadas desarrollarlas del todo”. Desde el “ecoactivismo” militante que profesaba Heinberg, considera necesario el desarrollo de las renovables, pero afirma, siguiendo a estos geólogos, que no es posible la sustitución del petróleo en su actual intensidad: debemos prepararnos para el declive energético global, y es imposible mantener esta sociedad industrial como hoy la conocemos.


Capítulo I – Energía, naturaleza y sociedad: de forma extraordinaria

En este capítulo el autor nos introduce en el mundo de la energía y su importancia para la comprensión de nuestra sociedad y relaciones. Recomendamos su lectura por la claridad en la exposición. Como no podía ser de otra manera, la comprensión de los fenómenos energéticos requiere, sobre todo, del análisis de la Ley de la Entropía, la segunda Ley de la Termodinámica: “cuando la energía pasa de una forma a otra, al menos algo de ella se disipa, por lo general en forma de calor. Aunque la energía disipada todavía exista, ahora está difusa, esparcida y por tanto es menos fácil de recuperar”. “La entropía dentro de un sistema aislado aumenta inevitablemente con el tiempo”. Mantener el orden siempre cuesta “trabajo”, y eso genera pérdida de energía en la transformación (trabajo): “los sistemas vivos pueden aumentar su nivel de orden y complejidad aumentando su flujo de energía. Pero haciendo esto, también aumentan inevitablemente la entropía dentro del gran sistema del que forma parte”. Lo que le ocurre a la sociedad tecnológica es que está incrementando poderosamente su entropía, para mantener una creciente complejidad, con un gran subsidio energético, irreemplazable: los combustibles fósiles, que son un gran concentrado energético que está siendo disipado en pocas décadas. El problema es que necesitamos mucha energía para mantener el “orden” complejo de nuestras sociedades: de lo contrario, como previsiblemente ocurrirá, colapsan y disminuyen su complejidad: dicho de manera más clara y vulgar, a menos “subsidio energético” más desorden, más caos y menos mantenimiento de cosas tan elementales como el transporte moderno, la agricultura, industrias, medicina, etc.

Es muy importante comprender las dimensiones de este gran subsidio energético que son los fósiles, cuestión que ayuda a entender su imposible reemplazo. Por un lado, sobre todo el petróleo es altamente versátil y muy fácilmente transportable. Por otro lado, concentra una gran potencia y capacidad de trabajo: Supongamos que el ser humano quisiera hacer funcionar con su propia fuerza un generador conectado a una lámpara de 150 vatios. Necesitaría el trabajo continuado de al menos cinco personas para mantenerla encendida. Un automóvil con un motor de 100 caballos de potencia desplazándose por una carretera hace el trabajo de 2.000 personas. Imaginemos que cada americano tendría –para el desarrollo de sus actividades habituales– el equivalente de uno 150 esclavos energéticos trabajando para él durante 24 horas al día. En realidad, las sociedades desarrolladas están compuestas de cientos de millones de faraones o sultanes que tienen a su servicio el inaudito subsidio energético de los combustibles fósiles, irrepetible en la historia por su intensidad. Evidentemente, este subsidio es el que ha generado, a la par que nuestra civilización industrial y tecnológica con todas sus comodidades: agua potable, sanidad, alimentos de todo el mundo, confort, velocidad, etc., y también el cambio climático, la devastación de buena parte de los recursos naturales del mundo, y consiguiendo garantizar que nuestro modelo no se pueda reproducir más allá de nuestra propia generación del último tercio del Siglo XX.

Esta complejidad inmensa se desmorona, y aquí Heinberg sigue al ya clásico “The collapse of complex societies” (El colapso de las sociedades complejas), de Joseph Tainter: “el rendimiento marginal de las inversiones para mantener la complejidad se deteriora, primero gradualmente, después aceleradamente. En este punto, una sociedad compleja alcanza la fase en que se hace crecientemente vulnerable ante el colapso”. Según Richard Duncan, autor de la visionaria Teoría de Olduvai, estamos a nivel mundial ya en la cuesta abajo hacia ese colapso, porque desde hace años (1979) la energía disponible por persona en el mundo ha descendido, mientras que para mantener la creciente complejidad del sistema haría falta más energía aún, el mundo tiene disponible cada vez menos (sobre todo en relación con el importante crecimiento exponencial de la población). El colapso que otrora ocurriera en Roma, la civilización Maya, la Mesopotamia asiática, la Isla de Pascua, etc., ahora sería global, aunque evidentemente, no de forma lineal.


Capítulo 2 – El intervalo histórico de la energía abundante y barata

Comenta Heinberg que la era industrial, por su enorme brevedad y ascenso fulgurante, debe ser denominada “intervalo”. Nunca el ser humano tuvo ni tendrá tanta energía a su disposición. De hecho, como comentamos, ya hemos pasado el punto histórico de máxima disponibilidad de energía por habitante del Planeta. En términos históricos, nos encontramos en la “garganta de Olduvai”, hacia el descenso, cuestión que suscita el sistemático rechazo de la mayoría social que tiene acceso a estas informaciones. Hay una resistencia cuasinatural a aceptar escenarios de declive: forma parte de nuestro acervo psicológico –al menos contemporáneo– mostrar optimismo e ilusión hacia un futuro que, sospechamos, siempre debe ser mejor.

Heinberg hace un interesante repaso por la Historia del uso de la energía y su disponibilidad, desde la Edad Media, partiendo de un fenómeno que ha movido la Historia hasta ahora: los avances son fruto de la necesidad. A partir de la devastación de los bosques, surge la necesidad del carbón; a partir de las necesidades de incrementar la extracción del carbón y resolver los problemas que esta operación tenía (bombeo de agua que anegaba las minas), surge el uso de la máquina de vapor. El carbón, a principios del siglo XX, era el 90% de la aportación al “mix energético mundial”. Pero el tamaño de los cada vez más numerosos vehículos transportados requirió de la búsqueda de nuevos combustibles: el petróleo, que ya era conocido desde la antigüedad, pasó a mover cada vez más motores, resultando tener una versatilidad y potencia muy superior a la del carbón. Desde las primeras perforaciones de 1859 por parte de Edwin L. Drake en Pensilvania y aún antes en Baku, Azerbaiyán (1846), la proliferación de nuevos usos del crudo no tuvo límites, surgiendo una serie de grandes familias e inventores que permitieron el surgimiento de los grandes sistemas eléctricos del mundo, y sectores tan importantes como la Agricultura. La producción industrial de Nitrógeno a partir del llamado método Haber–Bosch (ideado por los químicos alemanes Fritz Haber y Carl Bosch) permitió utilizar el nitrógeno atmosférico combinándolo con hidrógeno para obtener amoniaco. Hoy la síntesis del amoniaco (se utiliza mayoritariamente gas natural para ello) proporciona más del 99 por ciento de todo el nitrógeno inorgánico aportado mediante los fertilizantes a las granjas, una cantidad que aproximadamente iguala al tonelaje de nitrógeno que todo el campo obtiene cada año de las fuentes naturales. Es esta doble disponibilidad de nitrógeno en la biosfera lo que ha dado como resultado un espectacular aumento de la producción de alimentos durante todo el siglo XX, permitiendo a su vez un aumento igualmente espectacular de la población.

Evidentemente, el transporte mundial y su desarrollo es inconcebible sin el petróleo. Ha transformado el paisaje del mundo con la introducción del automóvil y ha desarrollado la aviación civil, a partir de finales de los años 50, permitiendo el desarrollo del turismo: de 25 millones de turistas en 1950 a 500 millones en el año 2000.

Las guerras del Siglo XX han tenido un componente de lucha por los recursos energéticos muy importante, y éstos han sido determinantes para decidir la victoria de uno u otro. La maquinaria de guerra, junto a la lucha por el petróleo, alcanzó unas velocidades e impactos nunca conocidos, y terribles. EEUU que fue hasta bien entrada la década de los 70 el primer productor mundial de petróleo –y que aún hoy es el tercero– ha entrado en conflicto o se ha posicionado al lado de los grandes recursos energéticos, promoviendo cambio de gobiernos, dinastías, etc., con el objeto de acceder a los recursos energéticos fósiles, sobre todo a partir del marcado declive de la producción propia desde el año 1970.

Heinberg describe con sencillez y claridad el posicionamiento de los principales agentes internacionales con decisión en materia energética: Gran Bretaña, Rusia, los países de la OPEP, EEUU, etc. También refleja cómo durante los años 80, muchos países de la OPEP falsearon datos de reservas petrolíferas para incrementar sus cuotas de exportación. Este dato es básico para entender la cercanía real del cenit y declive del petróleo, frente a las estimaciones ‘oficiales’ que consideran como cierta la incorporación de los llamados “barriles de papel”. La llegada de la saga G.W.Bush consolidó el progresivo predominio de los EEUU sobre los recursos energéticos del mundo, más aún después de la caída de las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001.


Capítulo 3 – Apaguen las luces: nos acercamos al final

Manteniendo el símil, el autor nos recuerda que estamos entrando en la era histórica en la que nos tocará empezar a apagar las luces: ya lo hace medio mundo pero a esa población se unirán cientos de millones de personas más en los próximos años y décadas, muy probablemente entre ellos nosotros, los ciudadanos energéticamente ricos del Planeta.

Y el hecho fundacional de ese ‘comienzo del final de la fiesta’ fue el gran desplome de las torres gemelas, el World Trade Center neoyorquino, que sucumbió fruto de una espectacular operación. Sea cual fuere el origen del atentado, sobre el que se ciernen enormes sombras y dudas, desde luego ha sido la recurrente excusa para combatir el terrorismo y, blandiendo esa bandera, proceder a intervenir abiertamente en Oriente Medio. Osama Bin Laden, otrora amigo de la familia Bush, se convierte en objetivo móvil, a capricho de la inteligencia y la propaganda, y surge así la invasión de Afganistán, un país que, según afirma Heinberg, “se encuentra cerca de las importantes reservas estratégicas de gas y petróleo del Mar Caspio (…) Situando al terrorismo como aparente, pero escurridizo enemigo, Estados Unidos parecía estar embarcándose en un grandioso plan para ganar puntos de apoyo en regiones estratégicas de todo el globo, sirviéndose de su poder militar y para hacerse con el control de todos los recursos petrolíferos del mundo”.

Irak se convirtió en la siguiente pieza a ocupar en el tablero de Oriente Medio, con el desacreditado argumento de la existencia de armas de destrucción masiva, que nunca aparecieron. La mano de hierro del ejército norteamericano ha sembrado el caos y el darwinismo más absoluto en ese país y, ya se sabe, en aguas revueltas, ganancias de pescadores…

Mientras tanto, se suceden los acontecimientos: reducción de libertades civiles; fusiones de las petroleras del mundo entre sí, síntoma de falta de capacidad para crecer conquistando nuevos mercados; comienzo de la escalada de precios desde el año 2002, con continuas oscilaciones; comienzo del nerviosismo en entidades diversas sobre la seguridad del suministro energético, etc. En medio de estos síntomas aparecen como demiurgos más autorizados para explicitar las profundas razones de tanta convulsión, los geólogos del petróleo y el gas, especialmente aquellos independientes que se empezarían a hacer un espacio en medio de tanta confusión.

Marion King Hubbert (1903-1989) fue, durante los años 50, 60 y 70, uno de los geofísicos más conocidos del mundo, debido a su inquietante pronóstico, de que la era de los combustibles fósiles iba a resultar muy corta. Este trabajador de la Shell Oil Company, de origen tejano, hizo muchas contribuciones a la geofísica, que facilitaban la comprensión y localización de recursos fósiles. Pero pasó a la historia por predecir que el cenit de la producción histórica de petróleo de los EEUU ocurriría en algún momento entre 1966 y 1972, sirviendo sus afirmaciones de mofa de la comunidad experta, aunque luego la historia le dio la razón. Hubbert advirtió que la producción de un yacimiento típico aumenta hasta un cierto nivel estable, continúa a ese nivel durante largo tiempo y, de repente, disminuye hasta llegar a nada, una vez agotado todo el petróleo. Más bien, la producción tiende a seguir una curva en forma de campana.

Hubbert, como dice Heinberg, llegó a entender la dimensión enorme de este fenómeno para la Humanidad: “Ni ha sucedido algo semejante antes ni posiblemente volverá a pasar, porque el petróleo se puede utilizar una sola vez”. Hubbert proponía abandonar el sistema monetario convencional, para evitar el caos durante el declive energético, ya que el sistema monetario actual acompañó al crecimiento exponencial de los fósiles, pero esa etapa se está acabando. En el sitio web http://www.hubbertpeak.com/hubbert/ hay numerosas referencias a sus estudios (inglés). En español, esta nota refleja parte de su trabajo, publicado en el 50 aniversario de su discurso ante la American Petroleum Institute, anunciando la fecha para el cenit del petróleo en los EEUU.

La nómina de seguidores de la línea de trabajo de Hubbert la componen hoy numerosos profesionales del sector, muchos de ellos ya jubilados y con décadas de experiencia en el sector de los hidrocarburos y la energía en general:

Colin J. Campbell, que ostenta la Presidencia de honor de la Asociación para el estudio del cenit del petróleo y del gas (ASPO), colectivo que él mismo contribuyó a constituir. Es coautor, junto al geólogo (Vicepresidente de Total, en su momento) Jean Lahèrrere, de un ya famoso artículo del Scientific American de marzo de 1998, “¿El fin del petróleo barato?” (The end of cheap oil?), en el que concluían: “Desde un punto de vista económico, el periodo más crítico y relevante no se producirá cuando el petróleo se agote por completo sino cuando la producción de crudo comience a disminuir. Será a partir de entonces cuando los precios comenzarán a incrementarse, salvo que la demanda también se reduzca de forma pareja. Sirviéndonos de diferentes técnicas para la estimación de las reservas actuales y del petróleo que aún queda por hallar, debemos concluir diciendo que dicho declive comenzará antes del año 2010”.

Heinberg cita a otros reconocidos geólogos, como seguidores del legado de Hubbert: por ejemplo Kenneth S. Deffeyes, y también L.F.Ivanhoe, con 50 años de experiencia en la exploración de petróleo dentro de varias empresas petroleras Occidental Petroleum, Chevron y asesor de gobiernos. Fue él quien apodó con el mote de “casandras” a los seguidores de Hubbert, en alusión a la mitológica princesa troyana que podía predecir el futuro, pero fue condenada a que nunca la creyeran. Walter Youngquist, profesor de geología jubilado de la Universidad de Oregón, que esbozó el concepto de energía neta, desarrollado en España como ‘Tasa de Retorno Energético’, que describe la relación entre energía producida y energía utilizada para su obtención; Matthew Simmons, fundador de Simmons & Company, quizás el banco mundial especializado en energía más importante del sector. Autor de un ya célebre libro “Crepúsculo en el desierto”, donde advierte que casi todos los grandes yacimientos de Oriente Medio ya han pasado su pico de producción. Heinberg se apoya en la cita de estos autores, que podemos considerar como los profesionales más autorizados que existen hoy para hablar de recursos fósiles, para sus consideraciones sobre varios aspectos cruciales del cenit del petróleo:

¿Cuál es la fecha del cenit del petróleo?: para determinarla, con el grado de proximidad que permiten la declaración de reservas, los expertos han utilizado varias técnicas: estimar el total absoluto de recurso recuperable (técnicamente, el ‘URR’) y calcular cuándo se habrá extraído la mitad, según el propio método de Hubbert, lo que arroja datos de cenit entre el año 2005 (Deffeyes) y el año 2020 (Lahèrrere). También contar el número de años transcurridos desde el descubrimiento al pico, ya que es necesario encontrar el petróleo antes de poder extraerlo, por lo que, en la medida que hayamos pasado el pico de descubrimientos, inevitablemente le seguirá el pico de producción. En los EEUU ese pico de descubrimientos llegó en los años 30, y el pico de producción en el año 1970; en el mundo el pico de descubrimientos tuvo lugar en el año 1963. Heinberg estima un pico de producción entre el año 2005 y el año 2013, siempre teniendo en cuenta la dificultad de predecir estas fechas; Richard Duncan, el autor de la famosa Teoría de Olduvai, propone también seguir la pista de los datos de las reservas y de la producción de los diferentes países. Afirma que de los 45 mayores productores de petróleo, 25 ya han pasado el pico, y que los países en declive producen más o menos el 30 por ciento del total mundial del petróleo; Campbell, siguiendo esta técnica, considera un pico global de producción en torno al año 2008, y Duncan en el año 2006. Por último, Chris Skrebowski, editor de Petroleum Review y ODAC (Centro de análisis de agotamiento del petróleo) analizaron la posibilidad de que los nuevos proyectos de producción de hidrocarburos compensaran el declive de los existentes, llegando a la conclusión de que incluso con un crecimiento de la demanda relativamente bajo, el estudio sugiere que a partir de 2007 se abrirá una brecha insalvable entre la demanda y la capacidad de suministro.

Frente a estos autores, Heinberg desgrana la teoría de los Cornucopianos (de Cornucopia, el cuerno de la abundancia), de los que no ven límites de la producción de petróleo, o que lo ven muy lejano. Entre ellos Peter Huber, que simplemente afirma que “cuanta más energía utiliza el hombre, más energía es capaz de producir”; Bjorn Lomborg (El ecologista escéptico), que descalifica a los geólogos con afirmaciones temerarias del tipo de que “las reservas siempre están en crecimiento”, que estamos mejorando constantemente a la hora de explotar los recursos y que siempre podremos encontrar sustitutos al recurso escaso. Heinberg rebate estos argumentos con contundencia: no se está localizando ese petróleo del que se habla para incrementar las reservas (el pico de descubrimientos, como hemos dicho, se sitúa en el año 1963); los métodos de recuperación del petróleo de los yacimientos mejoran en algunos pozos el porcentaje de extracción, pero también acelera el pico del mismo, genera más costes de extracción (por lo tanto, la energía neta es menor); y los sustitutos fósiles que se buscan para el petróleo tienen sustancialmente menor intensidad energética que el petróleo (carbón, arenas bituminosas, arenas petrolíferas, etc.) y requerirían un esfuerzo ingente para obtener pequeñas fracciones de producción, llegando a ser en algunos casos negativa su energía neta. Michael C. Lynch es el más famoso de los “cornucopianos” que basa también sus críticas en el crecimiento de las reservas que hacen los geólogos del cenit del petróleo, como hace también el USGS (United States Geological Survey), del Departamento de Energía de los EEUU. El problema es que estos autores extrapolan el modelo de “infraestimación” de reservas que se hizo en los EEUU al resto del mundo, sin tener en cuenta el incremento artificial de reservas (barriles de papel) efectuado por los países de medio oriente en los años 80, sin base alguna en descubrimiento de nuevos yacimientos. Sin embargo, la historia de descubrimientos declarados está dando un vuelco a esas afirmaciones, más políticas que técnicas, y basadas en un optimismo en los nuevos descubrimientos que la realidad está echando por tierra.

Heinberg termina este interesante capítulo –cuyos detalles merecen ser leídos con atención– con un lapidario: ¿quién está en lo cierto? ¿por qué importa? Afirma el autor que está convencido de que, con los argumentos más serios en la mano, alcanzaremos el pico de producción en alguna fecha de la primera década del siglo XXI, y con ese argumento trabaja para desgranar las posibles ‘alternativas’, las consecuencias y la adopción de determinadas medidas ante esta situación. Heinberg deja claro que frente a la “ética de la sostenibilidad”, se está escogiendo hacer planes a corto plazo; que ante la necesidad de reducir el uso de la energía total consumida, se está confiando en el mercado; que se están obviando los necesarios desarrollos en el marco de las energías renovables; que frente a la necesidad de reducir el uso de combustibles fósiles, continúa el ascenso del consumo; y finalmente, que frente a la necesidad de reducir de forma humana la población, se está optando por considerar el incremento de la misma como un beneficio.


Capítulo 4 – ¿Puede continuar la fiesta sin petróleo?

Siguiendo con el genial símil de la fiesta, Heinberg desbroza con paciencia las alternativas globales al petróleo, partiendo para ello de algo elemental: el petróleo es el recurso “rey” de la constelación de las posibilidades energéticas, por su gran facilidad de transporte, una importante densidad energética (la gasolina contiene aproximadamente 8,8 kilovatios-hora por litro); y se puede usar en multitud de aplicaciones, a partir de su refinación. ¿Pueden las alternativas energéticas suplir estas características? Veamos lo que afirma el autor:

Gas natural: Richard Heinberg afirma que ya EEUU está padeciendo su particular cenit del gas, y que se perforan cada vez más pozos simplemente para mantener la producción, precisando de importaciones de Canadá, que a su vez lo precisa para sus proyectos de arenas bituminosas. Se centra aquí el autor en los EEUU como modelo de economía que, dependiente del gas natural, está necesitando importar cantidades cada vez mayores.

Carbón: EEUU cuenta con unas enormes reservas de carbón, y explota con bastante importancia este recurso para la obtención de electricidad. Ocurre, sin embargo, que, como en el caso del petróleo, el carbón progresivamente va perdiendo calidad y se incrementan sus costes de extracción o desulfuración: hay carbón, pero con menor energía neta que el petróleo y el gas, más contaminante y más caro de obtener, porque las minas abiertas requieren de mucho petróleo para el funcionamiento del transporte. Basándose en el libro “Beyond Oil” de John Gever y otros, se afirma, debido a los motivos antes mencionados, que el carbón puede dejar de servir como una fuente de energía útil en sólo dos o tres décadas. El uso del carbón, mediante su licuefacción para combustible líquido sintético, ya fue probado por los nazis y por la Sudáfrica del Apartheid, lo que requeriría, para su generalización, hacer el mayor trabajo de extracción de minería que se ha visto nunca. La pregunta que nos hacemos es: ¿y con qué energía se haría ese trabajo?

Energía Nuclear: Impulsada sobre todo en los años 60 y 70, antes de la crisis del petróleo, se pensó en ella como una salvación a la dependencia energética, y está asociada a la carrera armamentística nuclear. La energía nuclear es muy cara, y actualmente el 5% de la energía del mundo la mueven unos 442 reactores. Pero tiene importantes obstáculos para su desarrollo: una proliferación nuclear importante llevaría a una búsqueda desesperada de uranio, y a su escasez en el mercado; genera desechos inadmisibles para la Humanidad por su altísima peligrosidad y la duración de sus efectos  radioactivos; es la energía más cara, si se incluyen los costes reales y, sobre todo en riesgos. Por otro lado, la energía nuclear no se puede usar fácilmente para el transporte, como es obvio, y cualquier alternativa real al petróleo pasa por la necesidad de sustituir el gran parque móvil mundial.

Energía eólica: El autor describe el gran desarrollo de este recurso en los últimos años, y lo defiende como la alternativa más plausible, con la tasa de retorno energético más alta de todas las renovables, llegando a afirmar incluso que puede estar ya superando la tasa de retorno de algunos combustibles fósiles más difíciles de extraer. Heinberg habla también de la vocación eléctrica de la energía eólica, de la intermitencia de sus prestaciones, de la ingente tarea de construcción de turbinas precisas para sustituir la producción eléctrica mundial, etc.

Energía solar: el obstáculo principal de las alternativas limpias es la acumulación de la energía y su baja densidad energética, como en el caso de la energía solar, que necesita de un banco de baterías para dar electricidad por la noche, justo cuando no brilla el sol, o de la eólica en días sin viento. Igualmente Heinberg habla del poderoso desarrollo tecnológico de la energía solar y sus incrementos considerables en eficiencia, poniendo varios ejemplos interesantes.

Hidrógeno: Al elemento químico más ligero y abundante del universo, presentado como el “combustible del futuro”, Heinberg le dedica varias páginas, para desentrañar los grandes obstáculos que tiene para erigirse en alternativa al petróleo. El hidrógeno hay que fabricarlo, no se encuentra libre en la naturaleza, proceso para el que se usa mucha energía. Hoy el Hidrógeno se obtiene a partir de los hidrocarburos, y es necesario para procesos de refinado. En el proceso de producción de hidrógeno siempre se utiliza más energía de la que producirá el hidrógeno obtenido. No estamos ante una fuente de energía sino ante un “transportador”, y también ante un “sumidero de energía”. Parte del milagro del Hidrógeno se asocia a las células de combustible que se asimilarían a baterías para almacenar el hidrógeno, obteniendo además la energía de los paneles solares o los parques eólicos. Sin embargo, existen numerosos problemas físicos que hacen ínfima la posibilidad de que el H tenga alguna importancia en el “mix energético” del futuro. Según Heinberg: no hay suficiente energía neta disponible de las fuentes renovables para sacar adelante el proceso; la segunda Ley de la Termodinámica asegura que el hidrógeno será un continuo perdedor de energía neta si se pretende obtener el Hidrógeno de las energías renovables; las células de combustible son costosísimas y tienen poca duración. Habrá coches de Hidrógeno, termina el autor, pero es impensable para la escala del parque automotor que hoy conocemos, ni mucho menos.

Energía hidráulica: tiene límites geográficos importantes y, en la actualidad, ya hay muchas cuencas de ríos que están bastante aprovechados en este nivel.

Energía geotérmica: como la anterior, tiene una gran dependencia geográfica, pero además tiene una contribución pírrica a la energía mundial, sin perspectivas además de expansión, porque no son recursos renovables, ya que la la corriente subterránea utilizada para hacer girar las turbinas también se agota poco a poco.

Energía maremotriz: muy localizada a nivel mundial, requiere de importantes inversiones, sometidas a la corrosión del mar, y en emplazamientos muy concretos. Casi todos los proyectos están en fase de experimentación.

Biomasa, biodiesel y etanol: es la fuente renovable de energía más difundida hoy en el mundo: la usan sobre todo los pobres, causando también importantes problemas de deforestación. Su uso intensivo, como en la India, donde se queman al año 200 millones de toneladas de boñigas de vaca para combustible de cocina, causa problemas de contaminación y pérdida de nutrientes del suelo. En otras partes del mundo, se cosechan “cultivos energéticos”. Afirma Heinberg (con David Pimentel) que dada la naturaleza intensiva del uso de petróleo en la agricultura moderna, probablemente se gaste más energía produciendo un galón de bioidiésel de lo que produce éste en la combustión. Poniendo el ejemplo de Brasil, algunos pretenden extenderlo de forma infructuosa al resto del mundo. Heinberg hace los cálculos con los EEUU: “EEUU tiene unos 165 millones de hectáreas de tierra cultivable y unos 200 millones de coches. Los granjeros americanos producen unas 7,7 toneladas de maíz por hectárea al año, y una hectárea de maíz supone 3.700 litros de etanol. Un conductor típico americano gastaría 3.870 litros de etanol al año, por lo que necesitaría una hectárea de tierra cultivable. Según este cálculo, se necesitarían 200 millones de hectáreas de tierras de labranza para proporcionar combustible a todos los coches americanos”. Implacable, y más que suficiente. O alimentamos coches, o alimentamos personas.

Fusión, fusión fría y dispositivos de energía libre: Heinberg se detiene en este punto para no dejar ningún cabo suelto, con los promotores de las máquinas del “movimiento perpetuo”. Alega para rebatirlas, como no podría ser de otra manera, la Primera Ley de la Termodinámica: “La suma de toda la materia y energía en el universo es constante (…) la energía no puede crearse ni destruirse, únicamente cambia su forma”. En cuanto a la Fusión, las tremendas temperaturas que requiere la hacen sólo una opción viable en la teoría.

Conservación, eficiencia y restricción: los avances en ahorro energético han sido increíbles en el mundo, pero ello no ha supuesto un descenso en el consumo total de energía. ¿Por qué? Uno de los factores más importantes ha sido precisamente el paso al petróleo y al gas, mucho más eficiente energéticamente que el carbón. Considera el autor que el ahorro es fundamental, pero que éste por si solo, sin cambiar el modelo de vida, no aportaría gran cosa al problema del declive energético.

La conclusión del capítulo nos indica que no es posible, ni siquiera con una inversión extraordinaria en todas las “alternativas” al petróleo, sustituir totalmente su gran riqueza y usos. El autor apuesta claramente por las energías renovables y por el ahorro, aún con esfuerzo de décadas. Pero todo ello con un cambio de modelo. Porque, como esboza en el siguiente capítulo, mantener el modelo actual traerá todo un ‘banquete de consecuencias’.


Capítulo 5 – Un banquete de consecuencias

Heinberg nos advierte que no estamos preparados psicológicamente para el decrecimiento que se avecina. Si no existe sustituto de tanta intensidad y versatilidad como tiene el petróleo, y dado que la relación entre intensidad en el uso de energía y PIB es prácticamente simétrica, el declive del petróleo conlleva de manera inexorable al declive del modelo económico actual. Y lo peor, como dice, es que “hemos acabado dependiendo de un sistema económico construido sobre la suposición de que el crecimiento es normal, permanente y necesario, y que puede continuar así para siempre”. El autor esboza una serie de escenarios para cada uno de los aspectos que condiciona la nueva situación energética, y pocos quedan excluidos. Tradicionalmente se relaciona energía con aspectos vinculados al sistema eléctrico, o como mucho, al transporte: sin embargo, nuestros sistemas sociales, económicos, culturales, de infraestructuras, etc. Son todos dependientes de la energía. Hablamos, pues, de un cambio de civilización desde el crecimiento exponencial al decrecimiento permanente; es una cuestión de sistema, no de aspectos aislados; y como tal hay que abordarlo.

La economía física y financiera: el sistema económico actual es especialista en crecimientos exponenciales; de hecho, funciona gracias a la confianza en el crecimiento del futuro (Marcel Coderch), y esa confianza se transforma en tipos de interés que podré abonar en un plazo determinado, porque para entonces habré crecido de forma suficiente para abordar el incremento del coste del dinero, que se considera como normal en una economía convencional. La base de todo este entramado es el crecimiento en la disponibilidad de energía. Si ésta decrece, decrecerá la economía, pero como no está ‘habituada’ a hacerlo, inevitablemente se tenderá a escenarios de recesión y deflación. Heinberg anticipa escenarios de “desempleo, escasez de recursos y de productos, con la proliferación de bancarrotas, quiebras bancarias y préstamos… el poco dinero disponible tendría un alto poder adquisitivo, pero poco que adquirir…”.

Transporte: Cuba es el espejo a donde mirarnos cuando hablamos del transporte terrestre, según el autor, esto significa muy pocos vehículos y conservados al máximo. Y es que se puede prever en el futuro un descenso importante en la producción de automóviles, además de que algunos adinerados se permitan el lujo de adquirir vehículos ‘eficientes’ de alta tecnología, cosa de los contrastes. El deterioro de la industria automovilística vendría acompañado también del de sus infraestructuras, muy intensivas en uso de hidrocarburos. Tendrán ventaja aquellos países con mejores redes de transporte público, pero sobre todo quienes la posean ya, pero quizás sea demasiado tarde hoy construir redes de ferrocarriles cuando la situación está ya dirigida hacia la crisis económica. Richard Heinberg anticipa que el turismo languidecerá en las próximas décadas, debido a la complicadísima sustitución del queroseno para los aviones. Afirma que será el “fin de la globalización” porque, al fin y al cabo, ésta nació con el petróleo. El problema es que la mayor parte de las economías desarrolladas del mundo existen hoy tal como las conocemos gracias a esa mentada globalización.

Alimentación y agricultura: Es muy importante saber que la producción global de alimentos se triplicó aproximadamente durante el siglo XX, siguiendo el paso al crecimiento de la población. Todo el sistema agroindustrial mundial depende del petróleo y el gas, de forma intensísima. De ahí la recurrente expresión de que “comemos combustibles fósiles”. Como resultado de la industrialización de la agricultura, ha descendido de forma insostenible el número de agricultores, se ha incrementado brutalmente el número de hectáreas de la explotación media, los alimentos vienen de sitios remotos (en EEUU los alimentos viajan una media de 2.100 kilómetros hasta llegar al plato), se ha incrementado la dieta carnívora –mucho más intensiva en consumo de energía al ser menos eficiente– y la de pescado, llevando al límite a las pesquerías mundiales. Evidentemente, este sistema no es sostenible y hay muchos síntomas de que estamos entrando en la era de la “inseguridad alimentaria”. Se han sobre explotado los acuíferos, salinizado las tierras, perdido hectáreas de suelo por erosión, y agotado muchos sustratos por mineralización. La presión poblacional añade un elemento de mayor riesgo si cabe ante este escenario. Heinberg abre un debate sobre el límite poblacional sostenible para una agricultura postfósil, y adelanta que incluso mantener 2.000 millones de habitantes en el Planeta (hoy ya hay más de 6.500 millones) sería complejo, sin combustibles fósiles que alimentaran toda la compleja maquinaria agrícola o el proceso de síntesis del amoniaco Haber–Bosch, básico para la obtención de fertilizantes y hoy dependiente del gas natural. El autor no esconde que, en ausencia de un control de la natalidad, la reducción de la población se producirá a través de hambrunas, plagas, enfermedades y guerras, algo que, por lo demás, es habitual en la historia de la Humanidad.

Calefacción y refrigeración: el sistema de conservación de alimentos en los entornos desarrollados requiere de la electricidad, así como la vida de muchas personas –sobre todo mayores– necesita calefacción ante las temperaturas heladas. La gente irá a buscar leña para calentarse y cocinar, pero será mucha gente, en zonas boscosas menguadas: el resultado será dramático para los espacios aún vírgenes.

Medio ambiente: El declive del petróleo traerá un incremento de la presión sobre la leña, un incremento del consumo de carbón, probablemente un descontrol de los sistemas industriales, muy dependientes de los petroquímicos, un descenso del control sobre la sostenibilidad de los recursos, etc. Todo ello si, como en otros apartados, no se da una respuesta anticipada, solidaria y cooperativa al declive energético.

Salud pública: Procesos tan básicos como la desinfección y depuración del agua dependen de la existencia de energía. Donde no hay agua potable, proliferan las enfermedades infecciosas. La reaparición de la peste (no erradicada en algunos sitios), difteria, sida, malaria, enfermedades tropicales, etc. puede verse favorecida por el descenso de los estándares y controles higiénicos sanitarios. Los hospitales son hoy centros muy intensivos en usos de plásticos, de electricidad y medicamentos.

Almacenamiento, tratamiento y transmisión de información: la amenaza que se cierne sobre el sistema eléctrico lo hace también sobre el ‘cerebro’ de transmisión de datos de nuestra civilización. ¿se llegarán a perder todos los datos almacenados? ¿Cómo se podría evitar esto?

Política nacional y movimientos sociales: la política actual parece inhabilitada para suministrar las dosis de realismo necesarias para afrontar la crisis energética, porque el realismo en este caso niega la venta de optimismo, clave verdadera de la actuación de un político que aspire a detentar el poder. Heinberg analiza cómo se comportarían derecha e izquierda ante esta situación, aunque buena parte de esas ideas no plantean la necesidad de límites, lo que las hace poco eficientes para gestionar el decrecimiento. El autor aboga por reorientar los análisis, teniendo en cuenta los límites ecológicos, las limitaciones de los recursos energéticos, la presión popular y la dinámica histórica de las sociedades complejas. Se apoya en autores como Paul R. y Anne H. Ehrlich, David Pimentel o Garret Hardin. Y propone un añadido: ¿se sostendrán los Estados, o se desmembrarán debido a la ausencia de mecanismos de control?

Geopolítica y competencia por los recursos energéticos: Heinberg analiza la extrema intervención política y militar de los EEUU sobre Oriente Medio, el lugar del mundo donde se encuentran más de 2/3 de las reservas conocidas de petróleo: prueba de ello es la invasión de Irak, y el control militar y político de los demás países de la zona, a excepción de Irán, quizás el próximo objetivo a batir. También en el Mar Caspio, donde EEUU tiene 19 bases militares, y el uso del territorio afgano para evacuar el petróleo. Rusia está jugando la baza de gran potencia, como Venezuela el de importante suministrador de petróleo a los EEUU. El autor analiza también el creciente papel pujante de China, con la pugna territorial por su mar meridional, lo que puede abocarla a conflictos con Japón u otros países asiáticos; Gran Bretaña, que pasó en el año 2005 a ser importador de petróleo, debido al gran declive del Mar del Norte, por lo que precisa de “aventuras militares” para asegurarse los recursos. Parece abierta una guerra por los recursos energéticos (Michael Klare lo expone con claridad en su libro “Guerras por los recursos”).

Comprendiéndolo todo: Sabiamente, Heinberg hace un alto en el camino para reflexionar: ¿No será todo esto fruto de una mente delirante, de un deprimido en búsqueda de emociones? Richard Duncan, el mencionado autor de la Teoría de Olduvai, reconoció en su momento haber caído en una profunda depresión al concebir el escenario que él mismo retrata de desmembramiento de la civilización industrial. Pero, cita el autor, “con el tiempo, sin embargo, cambió mi perspectiva. Ahora, simplemente trato la teoría de Olduvai como cualquier otra teoría científica”.

Heinberg hace importantes advertencias, contra los infundados optimismos (lo que no implica un irracional pesimismo, evidentemente):

  • Cuanto más tiempo estemos explotando las falsas esperanzas, sólo estaremos cavando más profundo el agujero. 
  • Debemos apostar, no por el optimismo irresponsable ni por el pesimismo desalentador, sino por visiones realistas, de tal manera que viendo que el mundo se enfrenta a crecientes amenazas terribles, podamos reconocer que se pueden hacer muchas cosas para atenuar los impactos que probablemente se darán, y tomar medidas anticipadas para mejorar la situación.


Capítulo 6 – Controlar el colapso: estrategias y recomendaciones

La pregunta es clara: ¿Cómo podemos minimizar el sufrimiento humano mientras la fiesta vaya acabándose? Parte de la idea de que vamos a colapsar, idea compartible si asumimos el declive energético y ambiental que sufrimos, y por lo que queda, intentar “controlarlo”. Nos hemos sobrepasado, y ahora se trata de gestionar el descenso de forma más humana. Cita tres tratados ya clásicos en el mundo de la planificación del descenso: “Más allá de los límites del crecimiento”, de Donella Meadows, Dennis Meadows y Jorgen Randers, con su actualización de 30 años después; “Earth at a Crossroads: paths to a sustainable future”, de Hartmut Bossel; y el “A prosperous way down” de la pareja Odum. Sin entrar en sus contenidos, el autor las considera aportaciones valiosas para enfrentar el inminente descenso. Él, por su parte, hace las suyas, destinadas al decrecimiento en el uso de materiales, energía y dependencia del exterior.

Tu casa y tu familia: entre las medidas que propone, se encuentran, desde luego, la reducción de las necesidades de energía; una vez reducidas al máximo, recurrir a las fuentes renovables; reconsiderar la vivienda y sus características (baño seco, viviendas ecológicas, etc.); reducir la deuda y el consumismo, apostando por la simplicidad, lo que nos prepara también para momentos que requerirán más austeridad; saber reparar, cuidarse la salud uno mismo, alimentarse con tus cultivos, en una comunidad de vecinos, usando técnicas como la permacultura (no mencionada explícitamente en el libro, pero añadida por el autor en posteriores intervenciones suyas); hacer del coche algo prescindible, y un largo etcétera de otras propuestas.

Tu comunidad: El autor nos transmite que sólo las comunidades sobreviven, no los individuos aislados. Por ello es tan fundamental activar comunidades de “descenso en el uso de la energía”. Esas comunidades tendrán que asegurar el suministro alimentario, y ya hay varias experiencias en marcha que se describen, de jardines comunitarios, “agricultura de apoyo comunitario”, etc. Igualmente la comunidad debe agenciarse el agua, cuya obtención y bombeo requieren hoy mucha energía que proviene de los fósiles. ¿Por qué no una moneda local, ante la incertidumbre financiera? Sólo las economías con fuerte base local subsistirán mejor ante la desglobalización. Hay que diseñar los lugares para un futuro con poca energía, con participación activa de sus miembros; Heinberg expone el ejemplo de la múltiples ecoaldeas que existen ya en el mundo.

El País: Partiendo de la dificultad de lograr cambios en el nivel de los Estados, Heinberg no deja de proponer alternativas en el uso de la energía, esencialmente con el descenso del consumo y la reorientación a las energías más renovables; igualmente en la transición hacia un sistema alimentario que favorezca a los pequeños granjeros y al cultivo orgánico; hacia la modificación profunda de los sistemas financiero y fiscal, con el fin de frenar el crecimiento; promover una transición demográfica, deteniéndose en este aspecto que parte de reconocer que hay una superpoblación; Heinberg aboga por un control de la inmigración, con “soluciones que necesariamente incluirán medidas legales en las cuotas de inmigración anuales, y algunos medios de reducir tanto las disparidades de la riqueza entre las naciones como la explotación de unas naciones por otras, haciendo que la inmigración se convierta en una opción menos atractiva”. Heinberg, en relación con su país, propone un cambio drástico de la política de los EEUU en el exterior, nada menos que para colocarse como primer cooperador mundial. Igualmente es claro al pedir el fin de las subvenciones al transporte terrestre y aéreo para comenzar a invertir en trenes, medio de transporte abandonado en muchos países.

El mundo: Esto Heinberg lo resume en una frase que desconfía de las grandes administraciones mundiales: “Se necesita un debilitamiento de las fuerzas de la globalización desde arriba y un fortalecimiento de las de localización desde abajo”. Apunta aquí al “Protocolo de Uppsala” propuesto por ASPO como una vía internacional para enfrentarse al declive energético, de forma cooperativa.

El autor ofrece en el conjunto de este último capítulo, además, una relación extensa de referencias a webs y bibliografía (en inglés) para “preparar” la comunidad, familia, etc. para este gran colapso, y propone enfáticamente que debe ser controlado.

“Todas estas recomendaciones juntas exigen un nuevo rediseño casi completo del proyecto humano. Describen un cambio fundamental de dirección, de una base mayor, más rápida y más centralizada a una más pequeña, más lenta y más localizada, de la competencia a la cooperación, y de un crecimiento ilimitado a uno autolimitado”

Acerca del autor: Richard Heinberg es también autor del libro “Powerdown: Options and Actions for a Post-Carbon World” (New Society, 2004). Es periodista, editor, escritor y profesor, miembro del New College de Santa Rosa, California, donde dicta cursos sobre los temas interrelacionados de energía, sociedad, cultura y ecología. Desde hace años es una de las personas más activas y reconocidas en el mundo, en la tarea de advertir sobre el gran cambio que estamos por vivir en nuestra civilización.

Su sitio web: http://www.richardheinberg.com

El otro lado del abismo

Conferencia sobre el pico del petróleo y soluciones comunitarias
 
Charla de clausura por Richard Heinberg
Yellow Springs, Ohio – 14 de Noviembre de 2004

Richard Heinberg es periodista, editor, escritor y profesor, miembro del New College de Santa Rosa, California, donde dicta cursos sobre los temas interrelacionados de energía, sociedad, cultura y ecología. Autor de los libros The Party’s Over: Oil, War and the Fate of Industrial Societies, Powerdown: Options and Actions for a Post-Carbon World, Peak Everything (2007), y Blackout (2009). Desde hace años es una de las personas más activas y reconocidas en el mundo, en la tarea de advertir sobre el gran cambio que estamos viviendo en nuestra civilización. Su sitio web: http://www.richardheinberg.com

 

Traducción: Marcelo Espinosa (Santiago, Chile)

Texto original en inglés

 

Ya hemos escuchado mucho hablar este fin de semana, y no quiero cargarlos con más información. Vi en el programa que supuestamente yo debería hablarles de “Esperanza y Visión: Soluciones para el Planeta Tierra”. Me parece que varios de los otros presentadores ya nos dijeron suficiente sobre “esperanza y visión”. No estoy seguro que yo tenga mucho que agregar en ese aspecto. Pero tal vez podría tomar estos breves minutos para compartir con ustedes algunos pensamientos filosóficos del “gran cuadro”, nuestra difícil situación y nuestras oportunidades desde una perspectiva histórica.

Estamos, a mi parecer, viendo el comienzo del final de la civilización industrial.

Esa palabra “civilización” es una palabra tramposa. Estamos entrenados para pensar en ella como connotación de todo lo refinado, civilizado y seguro. La alternativa es el barbarismo ¿no es cierto?

Bien, no necesariamente. No por lo menos desde una perspectiva histórica o antropológica.

Por varios años en los años 90 fui miembro de una organización académica llamada Sociedad Internacional para el Estudio Comparativo de las Civilizaciones, la cual, como la mayoría de estas entidades, sostenía reuniones anuales en las cuales los profesores se entretenían unos a otros con sus cantinelas acerca de sus sutiles e indescifrables teorías. Los miembros de ISCSC, o “ISSY” (easy=fácil) como afectivamente se le llamaba, nunca pudieron establecer una definición de la palabra civilización, pero había un acuerdo general que las civilizaciones eran adecuadas y muy dignas de estudios comparativos. De tal manera que al artículo que leí allí en una ocasión, titulado “Una Crítica Primitivista de la Civilización”, no le fue particularmente bien.

Pero mientras la palabra civilización puede ser difícil de definir incluso por expertos, su derivación es lo suficientemente clara; viene del Latín civis, que significa “ciudad”. Las personas civilizadas son constructoras de ciudades. Pero esta es difícilmente una definición completa o incluso útil; ciertamente hay otros factores involucrados, incluyendo la escritura, aritmética, el comercio, y un sistema de clases sociales. Según incluso estos pocos criterios, ha habido cerca de 24 civilizaciones distintas en la historia humana.

Ahora, pienso que todos tenemos un sentido claro de que nuestra civilización particular es cualitativamente diferente de cualquier otra en la historia desde el Chacoan, por ejemplo, o los Mayas, o los Mesopotámicos, o las clásicas Roma y Grecia. La nuestra es la primera (y será la única) civilización que se alimentó con combustibles fósiles. Es una civilización de esteroides, civilización de expresos múltiples, civilización de combustibles para cohetes. Nosotros la sobredimensionamos, y queremos todo hecho para “ayer”. Consecuentemente hemos masticado y escupido los recursos de la Tierra más rápido que cualquier otro grupo humano lo haya hecho.

Por supuesto, las civilizaciones producen artefactos culturales fantásticos: pirámides templos, literatura, música, etc. Quizás porque el imperio del petróleo Americano ha crecido tan rápida y desarraigadamente, sus productos culturales –aunque reconocidamente impresionantes de algunas formas (considere las modernas películas exitosas de Hollywood con sus efectos especiales multimillonarios)– a menudo tienen una calidad efímera, una superficialidad, y un utilitarismo comercial emocionalmente manipulador, que nos hace sentir a muchos de nosotros poco orgullosos.

Nuestros edificios, ropa, utensilios, envases, y herramientas, todos aspectos de nuestro ambiente diseñado, resultan ser creados por máquinas alimentadas con combustible más que por manos humanas. Si los podemos hacer más rápido, si podemos hacer más de ellos de forma más barata con las máquinas, la economía requiere que lo hagamos. Como resultado, hemos llegado a quedar hambrientos de belleza, la belleza de la naturaleza, y la belleza del cuidadoso, hábil e individual trabajo manual, lento, y fruto de una cultura evolutiva que está en sí misma enraizada a un paisaje específico. Tal vez sufrimos inconscientemente de una enfermedad masiva desconocida: un déficit crónico y pernicioso de belleza.

Una cosa interesante que cabe destacar de las civilizaciones es que tienen el molesto hábito de colapsar. Muchas de ellas han llegado a su fin por razones similares, y a menudo el proceso de colapso les sobrevino pocos años después de alcanzar su máxima extensión geográfica, poder militar, y riqueza acumulada. Clive Ponting, en su maravilloso libro “A Green History of the World”, ofrece una explicación familiar: las antiguas sociedades extrajeron su poder de los recursos y destruyeron su hábitat. Cortaron demasiados árboles, agotaron sus suelos fértiles y vaciaron sus pozos.

Joseph Tainter, en “El Colapso de las Sociedades Complejas”, proporciona una historia más sutil. Atribuye el colapso a los retornos decrecientes de inversiones en complejidad. Y define el colapso en sí como una reducción en la complejidad social. Un aplanamiento de la estructura piramidal de clases, una retirada del alcance imperial, una ruptura de relaciones comerciales. Son todos síntomas de una simplificación involuntaria de una sociedad.

Entre paréntesis, debo hacer notar que Tainter, quien ciertamente respeta las culturas indígenas, no está diciendo que las sociedades no-civilizadas no sean complejas en términos de sus rituales y mitos, o en sus entendimientos ecológicos. Él define la complejidad en términos de elementos sociales cuantificables como el número de herramientas distintivas y el sistema de herramientas, o el número de clases sociales y oficios presentes.

Las sociedades se vuelven complejas con el fin de resolver sus problemas. Nosotros adoptamos la agricultura para compensar el déficit calórico consecuencia del sobre exceso de caza de la megafauna durante el Pleistoceno. Usamos el riego de forma que pudiéramos practicar la agricultura en lugares con estaciones secas. Construimos jerarquías sociales para adjudicar concesiones de riego de un solo río a cientos de miles de agricultores individuales, o para almacenar y distribuir el grano de temporadas con cosechas abundantes.

Al comienzo, tales inversiones en complejidad social y tecnológica pudo producir vertiginosos retornos, y las sociedades que los obtenían a menudo crecían rápidamente, tendiendo a dominar a sus vecinos. Así desarrollaban un imperio, y podía durar siglos o incluso milenios.

Pero la estrategia de complejidad social impone costos escondidos que gradualmente se acrecientan. La población que lo sostiene eventualmente se cansa bajo el agobio y la sobrecarga.

Una vez que el punto de retorno energético decreciente se alcanza, casi cualquier cosa puede empujar a una sociedad a la decadencia. El cambio climático y otros desastres medioambientales pueden ser determinantes en tal sentido. Típicamente, las civilizaciones que están cerca del punto de colapso se ven envueltas en guerras por los recursos, y a menudo están infectadas por liderazgos lamentables, incapaces de entender la naturaleza del desafío o de proponer respuestas efectivas.

¿Algo de esto les suena familiar?

Seguramente una civilización cuya base completa descansa sobre la extracción, uso y agotamiento de unos pocos recursos no renovables, es el tipo más vulnerable de civilización que jamás haya existido.

La mayoría de los científicos que conozco que estudiaron estas cosas han llegado a la conclusión que estamos viviendo el final del imperio actual, el primer imperio global verdadero en la historia de nuestra especie. Al decir “final” no estoy diciendo que todo se vendrá abajo mañana o el año que viene. Históricamente, los colapsos usualmente han ocurrido en períodos de décadas o siglos. En nuestro caso los signos de retornos decrecientes, y de sobreexplotación son inequívocos. Y, tan perverso como el comentario pueda parecer, no pienso que el colapso, en esta instancia, necesariamente sea una cosa tan mala.

Como dice Tainter, el colapso realmente significa una vuelta al patrón normal de vida humana, vida en tribus y aldeas, pequeñas comunidades, si asi lo prefieren. El colapso es un proceso de economía (ahorro), en el cual una sociedad regresa a un nivel de complejidad que es capaz de ser sustentado.

Todo esto es muy fácil de entender desde una perspectiva académica ajena. Pero por supuesto nosotros no somos antropólogos de otro planeta, observando los acontecimientos a través de un telescopio; estamos hablando de las circunstancias de nuestras propias vidas!

¿Que haría usted si estuviera viviendo el fin de un imperio? Supongo que una respuesta racional podría ser comer, beber, y casarse. ¿Por qué no? Esto seguramente evitaría preocuparse hasta la muerte por eventos que uno no puede controlar, y de esa manera derrochar cualquier momento de normalidad y oportunidades de felicidad que puedan quedar antes que el fin llegue.

De alguna manera, pienso que ustedes acá tienen otras ideas acerca de qué hacer. Sospecho que si hubieran sido pasajeros del Titanic, no se habrían quedado bebiendo hasta emborracharse en el bar; habrían estado atando sillas, encontrando una manera de aumentar el poder de la señal del radiotransmisor de la nave, o inventar trajes impermeables flotantes que podrían ser refabricados con cuerdas usando equipamiento justificadamente usurpado a los almacenes de la nave.

Probablemente no les puedo decir nada de lo que deberían estar haciendo que ya no lo estén haciendo tan bien como puedan bajo las circunstancias actuales. Todos conocemos las recetas: Cultivar más su propia comida, conservar la energía, hacerse activo en su comunidad local, aprender artes y habilidades útiles, aprovisionarse de herramientas. En esencia: debemos plantar las semillas de lo que puede y debe sobrevivir, para un estilo de vida tan diferente del industrialismo como este mismo lo fue del período medieval; un estilo de vida cuyo florecimiento nosotros mismos tal vez nunca veamos en nuestras breves vidas.

Sin embargo puede ser útil saber que hay otros que tienen los mismos pensamientos, aferrados a los mismos desafíos, y descubriendo estrategias diferentes pero complementarias; y me parece que esta conferencia ha ayudado inconmensurablemente en este respecto. Ahora nos conocemos unos a otros, y sabemos que estamos juntos en esto. También sabemos que hemos pasado algunos eventos sintomáticos recientes y que se aproximan otros muy importantes. Es muy útil comparar nuestras notas.

Tenemos un tiempo cada vez más corto para construir botes salvavidas, esto es, la infraestructura alternativa necesaria. Ha sido claro desde los últimos 30 años cuales características debería tener: orgánica, de pequeña escala, local, sociable, cooperativa, de ritmo lento, orientada a lo humano más que orientada a las máquinas, agraria, diversa, democrática, culturalmente rica, y ecológicamente sustentable. Hace tiempo ya nos dimos cuenta de que nuestro status quo (una sociedad que esta orientada hacia las máquinas, competitiva, poco equitativa, apurada, globalizada, monocultural, dominada por corporaciones) es insensibilizadora para el espíritu humano y ecológicamente insostenible.

Sostenible… No sostenible… ¿Qué es lo que realmente significan estas palabras?

Tal vez el Cenit del Petróleo por fin nos provee la palabra sostenibilidad mostrándonos los dientes. Las personas ahora hablan de “desarrollo sostenibleble”, “crecimiento sustentable” y “retornos sustentables en las inversiones”. Eso, amigos míos, es sostenibilidad dietética. La palabra ha sido corrompida, diluida y desnaturalizada casi sin reconocimiento.

Un entendimiento del Pico del Petróleo nos da una mínima definición de la palabra: ¿podemos hacer esto, cualquier cosa que sea que estemos hablando, sin combustibles fósiles? Si podemos, entonces podría ser una actividad o un proceso sustentable. No hay garantía: hay un montón de actividades humanas que no involucran a los combustibles fósiles y que no son sustentables, como la caza indiscriminada de ballenas con barcos a vela, o agricultura de irrigación intensiva en suelos que no están propiamente drenados.

Pero si no pueden hacer algo sin combustibles fósiles, por definición, no es sustentable.

Lo que estamos diciendo es que una transición a un nivel mas bajo de complejidad socio-tecnológica no debe ser violento, ni caótico, y no debería conllevar a la perdida de los valores y logros culturales de los cuales estamos muy orgullosos como sociedad. Y el resultado final podría ser mucho mas humano, agradable, y satisfactorio que lo que la vida actual es para los ciudadanos de este grandioso imperio.

Aún cuando esta conferencia está espectacularmente bien concurrida desde el punto de vista de las expectativas de los organizadores, somos comparativamente pocos. Y el mensaje que estamos comunicando no esta siendo escuchado por la mayoría de nuestros conciudadanos. Probablemente es optimista pensar que será entendido por más de un uno o dos o tres por ciento de la población. Sin embargo, si esta semilla de toda la ciudadanía realmente lo consigue, podríamos tener una oportunidad. Todos sabemos de lo que son capaces las semillas…

Se me viene a la memoria el Movimiento Rural Populista del siglo XIX, que alteró el paisaje político de América y estuvo a punto de desviar a los Estados Unidos fuera del destino imperialista y corporativo hacia el ideal agrario de Jefferson. Los Populistas esparcieron su palabra, comenzando en la Texas rural, a casi todos los condados en el Sur, Este, Oeste y Medioeste. ¿Cuál era su método? Ellos entrenaron a 40.000 conferencistas públicos. Luego, en los salones de las granjas, en las ferias de condados, ellos cuidadosamente educaron a sus conciudadanos acerca de las instituciones bancarias, los créditos, y el sistema monetario, y acerca de como las comunidades locales podían nuevamente hacerse cargo de sus propias economías.

La elección presidencial de 1898 demostró la cancelación del movimiento: los Populistas decidieron apostar por los granjeros en las políticas electorales y eligieron a William Jennings Bryan, quien fue derrotado por el archi-imperialista William McKinley, el cual murió a manos de un asesino anarquista. Nosotros también acabamos de tener una elección. Y, a menos que hubiera sido disputada, probablemente habría marcado el inequívoco fin de la República, y de la democracia electoral en este país. Pero así como se sabe, por supuesto que estamos viviendo en un imperio, y vemos claros signos de que el imperio se esta acercando a su destino final.

Amigos míos, es tiempo para ser optimistas. Es un buen tiempo para querernos unos a otros y aceptar a los jóvenes y fortificarlos con nuestras experiencias y visiones, y para confiar en sus habilidades para encontrar sus propias respuestas apropiadas a los eventos que vienen por delante.

Habrá una cultura humana sustentable en este planeta dentro de un siglo. De hecho, es el único tipo de culturas que habrá. Y pienso que razonablemente podemos esperar que al menos alguna de esas culturas será capaz de rastrear sus antepasados hasta los aparentemente marginados hippies, activistas, individuos relacionados con la energía, permaculturistas, comunitaristas, granjeros orgánicos, proyectistas de eco-ciudades, y ciudadanos atípicos que empezaron a educar a sus vecinos acerca del Pico del Petróleo tempranamente en este siglo.

Ya hemos hecho algún buen trabajo, pero tenemos mucho más por hacer. Tal vez ahora tenemos una mejor comprensión en la dirección en la cual nuestro trabajo debería continuar, y de su crucial importancia para la supervivencia de nuestras especies.

Podríamos ocuparnos nosotros mismos con confianza renovada, compromiso, y buen humor. Podemos crear belleza y vivir en la belleza. Podemos vivir en alegría, sabiendo que de nuestros esfuerzos brotaran raíces, troncos, ramas, hojas, flores y frutas. Podemos vivir en comunidad, mientras compartimos nuestras vidas y visiones, talentos y recursos, preocupaciones y necesidades, y aprender a apoyarnos unos a otros y trabajar juntos.

Es un momento temible para estar vivo, pero también es un tiempo maravilloso para estar vivo. Es bueno saber que hay tanta inteligencia y compasión acumulada entre nosotros. Ha sido una conferencia fabulosa con extraordinarias presentaciones y presentadores, y más aún participantes asombrosos. Nos vamos de acá con regalos de conocimiento, ánimo, perspectiva, y pasión. Muchas gracias.

Carta desde el Futuro

FUENTE

Por Richard Heinberg, Marzo de 2001
Richard Heinberg es periodista, editor, escritor y profesor, miembro del New College de Santa Rosa, California, donde dicta cursos sobre los temas interrelacionados de energía, sociedad, cultura y ecología. Autor de los libros The Party’s Over: Oil, War and the Fate of Industrial Societies, Powerdown: Options and Actions for a Post-Carbon World, Peak Everything (2007), y Blackout (2009). Desde hace años es una de las personas más activas y reconocidas en el mundo, en la tarea de advertir sobre el gran cambio que estamos viviendo en nuestra civilización.

Su sitio web: http://www.richardheinberg.com

 

¡Saludos gentes del año 2001! Ustedes están viviendo en el año en que yo nací. Yo tengo ahora cien años, y les escribo desde el año 2101. Estoy haciendo uso de los últimos resabios de la física avanzada que los científicos desarrollaron durante vuestra era, intentando enviarles este mensaje electrónico al pasado para que ingrese a sus redes informáticas actuales. Espero que lo reciban, que les proporcione motivos para detenerse a reflexionar sobre su mundo actual, y que puedan adoptar algunas medidas a tiempo tomándolo en cuenta.

De mí mismo sólo contaré lo que es necesario contar: Soy un sobreviviente. He tenido una suerte extraordinaria en multitud de ocasiones y de muchas maneras, y considero que es una especie de milagro que pueda estar hoy aquí redactando este mensaje. He pasado gran parte de mi vida intentando ser historiador, pero las circunstancias me han obligado a aprender y practicar los oficios de agricultor, forrajero, guerrillero, ingeniero, y ahora físico. Mi vida ha sido larga y azarosa… Pero no estoy haciendo este esfuerzo para contarles de mí. Es sobre los acontecimientos que he presenciado durante este siglo lo que me siento obligado a contarles de esta forma tan atípica.

Están ustedes viviendo el final de una era. Quizá no lo entiendan. Espero que cuando hayan terminado de leer esta carta lo puedan comprender.

Quiero contarles algo que es importante que conozcan, aunque es posible que les parezca que esta información es difícil de digerir. Les ruego que tengan paciencia conmigo. Soy un hombre viejo, y no me queda tiempo para tonterías. Si lo que les cuento les resulta increíble, considérenlo entonces como ciencia ficción. Pero por favor: Presten atención. El antiguo aparato informático que estoy usando es un cacharro bastante inestable y no hay mucha seguridad de que este mensaje consiga llegar a destino. Por favor: pasen esta información a los demás. Probablemente sea el único mensaje de este tipo que reciban en sus vidas.

Como no sé cuánta información podré transmitirles empezaré con los temas más importantes, los que sean de mayor utilidad para que puedan entender hacia dónde se dirige vuestro mundo. La energía ha sido el principio organizador (¿o debería mejor decir desorganizador?) de los siglos diecinueve y veinte. La gente descubrió nuevas fuentes de energía –carbón, y más tarde petróleo– en el siglo diecinueve, y luego inventó todo tipo de nuevas tecnologías para usar esa energía recién descubierta. El transporte, la manufactura, la agricultura, la iluminación, la calefacción, todo eso sufrió una revolución, y los resultados calaron muy profundo en la civilización. La vida se volvió absolutamente dependiente de nuevos dispositivos; de los alimentos traídos de lejos y fertilizados con productos químicos; de medicamentos elaborados mediante síntesis químicas y a partir de procesos industriales dependientes de combustibles fósiles; de la misma idea del crecimiento perpetuo (después de todo, siempre era posible producir más energía para el transporte y las manufacturas ¿no?). Pues bien, si los siglos diecinueve y veinte representaron la parte ascendente de esa curva de crecimiento, este siglo pasado ha sido la parte descendente, la caída en picada. Debería haber resultado perfectamente obvio para todo el mundo que las fuentes de energía con las que contaban eran agotables. Sin embargo, de algún modo ustedes nunca quisieron darse cuenta de esta obviedad. Supongo que es porque la gente tiende a acostumbrarse a un determinado estilo de vida, y a partir de ese momento ya no le presta demasiada consideración. Creyeron que “las cosas siempre han sido así y lo seguirán siendo”.

Lo mismo pasa hoy también. La gente joven ahora nunca ha conocido algo realmente diferente; nuestro estilo de vida les parece de lo más natural, ellos se la pasan escarbando entre los restos de la civilización industrial en busca de cualquier cosa que pueda tener una utilidad inmediata, como si fuera esta la forma en la que la gente vivió siempre, como si esta hubiera sido la forma a la que aspirábamos a vivir. Es por eso por lo que siempre quise estudiar historia, de modo que pudiera obtener alguna perspectiva de las sociedades humanas y cómo cambian con el tiempo. Pero me estoy yendo por las ramas. ¿Dónde me había quedado?

Sí, la crisis de la energía. Bueno, todo comenzó más o menos en la época en que yo nací. La gente entonces pensaba que las inestabilidades serían pasajeras, que se trataba tan sólo de un problema técnico o político, que pronto todo volvería a la normalidad. No se detenían a pensar que “lo normal”, en un sentido histórico amplio, suponía vivir sólo de la energía solar entrante al planeta y del crecimiento vegetativo de la biosfera. Perversamente, pensaban que “lo normal” era poder utilizar alegremente la energía fósil acumulada en el planeta como si no existiera el mañana. Y esa fue la manera en que dejó de existir el mañana. Fue la clásica profecía autocumplida.

Al principio mucha gente pensó que la creciente escasez podría ser resuelta con “tecnología”. Lo cual, retrospectivamente, resulta bastante absurdo. Después de todo, aquellos modernos artefactos habían sido inventados para consumir una abundancia temporal de energía. No producían energía. Si, claro, estaban los reactores nucleares (¡Carajo, desactivar luego esas calamidades resultó una pesadilla!), pero costaban tanta energía para construir y de desmantelar, que la energía que producían durante su vida útil apenas se recuperaba, hablando en términos energéticos.

Lo mismo sucedía con los paneles fotovoltaicos; parece que nadie se puso nunca a calcular cuánta energía se necesitaba realmente para fabricarlos, empezando por las microplaquetas de silicio que se producían como alternativa secundaria de la industria informática, e incluyendo la construcción de las propias fábricas. Resultó que la fabricación de esos paneles consumía casi tanta energía como la que producían los propios paneles luego durante su vida útil. Sin embargo se construyeron unos cuantos, y ojalá se hubieran construido más! Algunos de ellos todavía funcionan, por ejemplo, son los que ahora mismo están alimentando el aparato que me permite enviarles esta señal desde el futuro.

La energía solar fue una buena idea; el principal motivo de su fracaso simplemente fue que era incapaz de satisfacer la voracidad energética de los hábitos de la gente. Al agotarse los combustibles fósiles, ninguna tecnología podría haber mantenido los estilos de vida a los que la gente se había acostumbrado. Sin embargo, tardaron bastante en darse cuenta. Su patética fe en la tecnología resultó tener connotaciones religiosas, como si sus cacharros electrónicos fueran objetos sagrados que los conectaban con un dios invisible pero omnipotente, capaz de vencer a las leyes de la termodinámica.

Naturalmente algunos de los primeros efectos de la disminución de la energía tomaron la apariencia de recesiones económicas, seguidas de depresiones sin fin. Pero los economistas se manejaban siempre sobre la base de su propia religión: Una fe absoluta e inconmovible en el Dios-Mercado. Pensaban que si el petróleo empezaba a escasear el precio subiría, ofreciendo así incentivos para la investigación de energías alternativas. Pero los economistas nunca se tomaron la molestia de reflexionar a fondo. Si lo hubieran hecho, se habrían dado cuenta de que la reconversión total de la infraestructura energética de una sociedad necesitaba décadas, mientras que las señales emitidas por los aumentos de precios debido a la disminución de la energía, surgían tan sólo unas semanas o meses antes de hacerse evidente la necesidad del cambio. Más aún, antes deberían haberse dado cuenta de que para los recursos energéticos de base no existían reemplazos…!!

Los economistas sólo sabían pensar en términos de dinero: Las necesidades básicas como el agua y la energía sólo aparecían en sus cálculos en términos de su coste en dinero, lo que les hacía suponer que eran funcionalmente intercambiables por cualquier otra mercadería a la que se pudiera poner un precio: Naranjas, aviones, diamantes, entradas para ver fútbol, cualquier cosa. No obstante, si se analiza a fondo, se ve que los recursos básicos en absoluto eran intercambiables con otros: Una vez que se acababa el agua, no podías beber las entradas para el fútbol, por muy importante que fuera tu equipo.. Tampoco podías comerte las monedas si nadie tenía alimentos para vender. Y así, a partir de un determinado momento, la gente empezó a perder la fe en el dinero. Y a medida que lo iban haciendo, se daban cuenta de que la fe era el único factor que hacía que el dinero tuviera valor. Las monedas fueron colapsando, primero en un país, luego en otro, y así empezó a haber cada vez más inflación, deflación, trueques, pillaje y saqueos a escalas inimaginables, a medida que iban acabándose las mercaderías básicas.

En la era en que yo nací, algunos comentaristas solían comparar la economía global con un casino. Unas pocas personas obteniendo billones de dólares, euros y yenes a través del comercio de monedas, bonos, compañías y operaciones a futuro. Ninguna de estas personas hacía realmente nada útil; simplemente realizaban sus apuestas y en numerosas ocasiones obtenían ganancias colosales. Si seguías la cadena, podías ver que todo el dinero salía de los bolsillos de la gente común, pero esa es otra historia. De todos modos: En última instancia toda esa actividad económica dependía de la energía, del transporte y las comunicaciones a escala global, y de la fe en las monedas. Pero a principios del siglo veintiuno el casino colapsó. Gradualmente empezó a funcionar un nuevo paradigma. Del casino global pasamos a los mercados de pulgas locales.

Año tras año con cada vez menos energía disponible, y con monedas inestables dificultando las transacciones, la fabricación y el transporte redujeron su escala. Daba igual lo poco que Nike pagaba a sus obreros en Indonesia, porque una vez que el transporte marítimo alcanzó niveles prohibitivos, los beneficios de la globalización y de sus operaciones a distancia se desvanecieron. Pero ya era tarde, y Nike no podía intentar reconstruir sus fábricas en los Estados Unidos, porque llevaban cerradas décadas. Lo mismo sucedió con todos los demás fabricantes de productos textiles, electrónicos, etc. Toda la infraestructura de fabricación local había sido destruida en aras de la globalización, para producir bienes más baratos y lograr beneficios empresariales mayores. Reconstruir aquella infraestructura demandaba una ingente inversión financiera y energética, justo cuando el dinero y la energía empezaban a escasear.

Los negocios se vaciaron. La gente no tenía empleo. ¿Cómo iban a sobrevivir? La única forma de hacerlo era reciclando todas las cosas usadas que habían sido fabricadas antes de la gran crisis de la energía. Al principio, después de los shocks iniciales, que vinieron en forma de sucesivas oleadas, las personas vendían sus cosas en subastas por internet, siempre que hubiera electricidad disponible, claro. Luego, cuando ya resultó evidente que los costos del transporte hacían problemático el aprovisionamiento de bienes a distancia, la gente empezó a comerciar en las calles para poder satisfacer sus necesidades básicas. La cruel ironía era que la mayoría de sus cosas más valiosas consistían en coches y artefactos electrónicos, para los que ya nadie tenía interés. ¡Eran inútiles! Cualquiera que tuviera herramientas manuales y supiera usarlas podía considerarse rico. Y así sigue siendo ahora.

La civilización industrial había producido demasiadas cosas inútiles durante su breve existencia. Durante los últimos cincuenta o sesenta años, la gente ha intentado recuperar piezas o partes de toda esa chatarra, en busca de algo que resultara tener una utilidad práctica. ¡Qué montones de basura más horribles! Con todos los respetos, siempre me ha costado entender por qué –e incluso cómo– ustedes pudieron malgastar billones de toneladas de valiosísimos recursos naturales, y convertirlos en montañas de basura maloliente, sin que apenas mediara un período de vida útil en el medio. ¿No podrían al menos haber fabricado objetos duraderos y bien diseñados? Debo decir que la calidad de las herramientas, muebles, casas, y todo lo que hemos heredado de Uds., y que estamos obligados a utilizar, dado que pocos de nosotros podemos permitirnos el lujo de reemplazarlos, es patéticamente insignificante.

Bueno, pido disculpas por estos últimos comentarios. No pretendo ser grosero. En realidad algunas de las herramientas manuales que han quedado son bastante buenas. Pero tienen que entenderme: el estilo industrial de vida al que ustedes se han acostumbrado, tendrá terroríficas consecuencias para sus hijos y sus nietos. Cuando yo era muy joven y tenía quizá cinco o seis años, vagamente recuerdo haber visto algunos viejos programas de televisión: La Familia Ingalls, Ozzie and Harriet, Lassie. En ellos se retrataba un mundo ingenuo, en el que los niños crecían en pequeñas comunidades rodeados de amigos y familiares. Los adultos, que eran amables y sabios, conseguían resolver con facilidad los problemas. Todo parecía estable y benigno.

Pero cuando yo nací, ese mundo, si es que alguna vez existió, ya había desaparecido hacía tiempo. En la época en que tuve edad suficiente para enterarme de lo que ocurría, la sociedad parecía que reventaba por sus costuras. Empezaron los apagones eléctricos, que al principio fueron de unas pocas horas. Luego llegó la escasez del gas natural. No sólo pasábamos frío la mayor parte del invierno, los apagones empeoraron dramáticamente, porque gran parte de la electricidad se producía a partir de gas natural. Y luego vino la escasez de petróleo y naftas. Llegado ese momento –creo que yo era un adolescente por entonces– la economía global ya estaba hecha pedazos y en lo político reinaba el caos.

Cuando yo estaba saliendo de la adolescencia empezó a desarrollarse una actitud fácil de reconocer entre la gente joven. Era un sentimiento como de gran rabia hacia cualquier persona mayor de una determinada edad, puede que los treinta o cuarenta años. Esos adultos habían consumido tantos recursos, y ahora ya no quedaba nada para sus propios hijos… Naturalmente, cuando los adultos habían sido jóvenes se limitaban a hacer lo mismo que hacía todo el mundo. Les parecía normal talar bosques centenarios para obtener pulpa con la que fabricar pesadas guías telefónicas, o consumir hasta el último litro de gasolina para sus derrochadores vehículos, o encender el aire acondicionado cuando tenían un poco de calor. Para los niños de mi generación todo eso no ocupa más que una nebulosa en la memoria. Lo que nosotros hemos conocido es otra cosa. Nosotros hemos vivido en la oscuridad, con carestía de alimentos y escasez de agua, con saqueos y piquetes en las calles, con multitudes de gente pidiendo limosna en las esquinas, con unos fenómenos meteorológicos imprevisibles, con contaminación y basura que ya no podían ser recogidos y ocultados a la vista. Para nosotros, los adultos de aquel entonces simbolizaban pues al enemigo.

En algunos lugares, la violencia entre generaciones se manifestaba en forma de resentimientos encubiertos. En otros hubo ataques físicos a gente mayor. En otros existieron purgas sistemáticas. Me avergüenzo al reconocer que, aunque nunca ataqué físicamente a gente mayor, sí participé cuando se les insultaba y avergonzaba públicamente. Esas pobres personas –algunos bastante jóvenes, visto desde mi edad actual– estaban tan confundidas y se sentían tan traicionadas como nosotros mismos. Ahora sí puedo ponerme en su lugar. Intenten hacer lo mismo: Traten de recordar la última vez que fueron a una tienda tras otra buscando comprar algo y no lo tenían (este pequeño ejercicio mental constituye realmente un desafío imaginativo para mí, pues hace décadas que yo no piso realmente una “tienda” que tenga mucho de nada, pero estoy intentando expresarlo en términos que ustedes puedan entender). ¿Se sintieron frustrados? ¿Se enfadaron pensando: “He recorrido un camino tan largo para tratar de conseguir esta cosa, y ahora tengo que cruzar toda la ciudad para seguir intentándolo”? Bueno, multipliquen esta frustración y esta rabia por cien, o por mil. La gente pasaba a diario por estos trances, para cualquier cosa básica que necesitaran consumir, cualquier servicio, cualquier necesidad burocrática a la que se hubieran acostumbrado. Más aún, esos adultos habían perdido la mayoría de sus pertenencias cuando colapsó la economía. Y ahora pandillas de jovencitos les robaban lo poco que les quedaba, golpeándoles con saña e insultándoles al hacerlo. Debió de ser una experiencia devastadora para ellos. Algo realmente insoportable… Ahora que yo mismo soy un anciano, me siento más tolerante hacia la gente. Los que quedamos estamos intentando sobrevivir, haciéndolo lo mejor que podemos.

Supongo que ustedes sentirán curiosidad acerca de lo que ha pasado durante este último siglo. La  política, guerras, revoluciones, etc. Bueno, les cuento lo que sé, pero hay muchas cosas que desconozco. Durante los últimos sesenta años no hemos tenido nada parecido a una red global de comunicaciones, tal como existía antes. Hay amplias partes del mundo de las que no sabemos prácticamente nada. Pero les contaré lo que sé.

Como podrán imaginar, cuando la escasez de recursos energéticos golpeó a los Estados Unidos y la economía empezó a caer en picada (es curioso que aún use esta expresión: sólo los más viejos entre nosotros, como yo mismo, han visto descender en picada un avión), la gente empezó a enfadarse y a buscar un responsable a quien echar las culpas. Naturalmente, el gobierno no quiso ser el culpable, de modo que los bastardos que estaban en el poder (lo siento, sigo sin tener ninguna simpatía hacia ellos) hicieron lo que los líderes políticos siempre han hecho: inventaron un enemigo exterior. Enviaron barcos de guerra, bombarderos, misiles y tanques al otro lado del océano con propósitos de lo más siniestros. A su población le decían que era para proteger el “estilo de vida americano”. Bueno, no existía nada sobre la tierra que pudiera conseguirlo, porque ¡el “Estilo de Vida Americano” era pues el problema!

Los generales consiguieron matar algunos millones de personas. De hecho pueden haber sido decenas o cientos de millones; las noticias nunca fueron muy claras al respecto y siempre estaban manipuladas. Había protestas contra la guerra en las calles, y persecuciones de gente que protestaba contra la guerra. A algunos de ellos inclusive los detuvieron y los metieron en campos de concentración. Hacia el final, el gobierno se volvió totalmente fascista en sus métodos. Existían levantamientos locales que eran sofocados de manera brutal. Pero no sirvió de nada. Las guerras tan solo agotaron más rápido los escasos recursos que quedaban, y después de cinco años terribles, el gobierno central simplemente se fue a pique. Se le acabó la gasolina, por así decirlo.

Hablando de acontecimientos políticos, vale la pena mencionar que en los primeros años de escasez, las ideas políticas existentes tenían pocas alternativas útiles que ofrecer. La derecha se dedicaba por entero a proteger a los ricos de ser acusados de desviar todo el sufrimiento hacia la gente pobre, y a buscar chivos expiatorios extranjeros: árabes, gitanos, coreanos del norte, etc. Mientras, la izquierda estaba tan acostumbrada a combatir las mezquindades empresariales, que no era capaz de darse cuenta que los problemas a los que se enfrentaba la sociedad, ya no podían ser resueltos mediante ninguna redistribución económica. Personalmente, y como historiador, tiendo a sentir más simpatía por la izquierda, porque pienso que la acumulación de riqueza que se estaba produciendo era lisa y llanamente obscena.

Ellos decían que gran parte de aquel infierno podría haberse evitado si toda esa riqueza se hubiera repartido entre todos desde un principio. Escuchando a algunos de los líderes de la izquierda se podía llegar a creer que, una vez que se le hubiera puesto freno a todas las corporaciones, una vez que se despojaran de sus privilegios a los plutócratas multimillonarios y socializado sus riquezas, luego por fin todo iba a estar bien. Pues no, igual no había manera de que todo fuera a andar bien, simplemente eso era imposible.

Entonces teníamos a estas dos facciones políticas combatiéndose a muerte, culpándose mutuamente, mientras todos a su alrededor se morían de hambre o se volvían locos. Lo que la gente realmente necesitaba era información básica y consejos de sentido común, alguien que les mostrara la dura realidad, que su estilo de vida se terminaba, y que les ofrecieran algunas estrategias de supervivencia colectiva inteligentes.

Mucho de lo que ha sucedido durante el siglo pasado es lo que cabía esperar según las previsiones de los científicos de la época: Se observaban cambios climáticos dramáticos, extinción de especies y terribles epidemias, tal como los ecologistas del final del siglo anterior habían advertido. No creo que eso sea motivo de orgullo para los descendientes de aquellos ecologistas. Simplemente advertir “yo se los dije” es un consuelo bastante lamentable. Los tigres y las ballenas han desaparecido, y probablemente decenas de miles de otras especies; pero nuestra actual falta de comunicaciones globales hace que sea difícil saber qué especies hoy ya no existen y dónde.

Para mí las aves cantoras son un recuerdo grato pero lejano. Supongo que mis colegas en China y en Africa tendrán largas listas similares. El cambio climático ha sido un problema real para el cultivo de alimentos, e incluso para sobrevivir. Nunca se puede saber de un año para otro, qué bandadas de insectos conocidos o desconocidos o plagas van a aparecer. Es mucho peor que un desastre, es una amenaza a la vida. Y éste es sólo uno de los factores que han llevado a la dramática reducción de la población humana en este último siglo.

Mucha gente se refiere a esto como “La Gran Extinción”. Otros lo llaman “La Gran Poda”, “La Purificación”, o “La Limpieza”. Algunos términos son más duros que otros, pero en realidad no hay formas amables de describir esos acontecimientos: guerras, epidemias y hambrunas masivas.

Los alimentos y el agua han sido factores clave en todo esto. El agua potable fresca y limpia ya lleva décadas siendo escasa. Una de las formas de hacer enojar mucho a la gente joven ahora, es contarles historias de cómo en los viejos tiempos las personas de las ciudades usaban millones de millones de litros de agua para regar jardines y parques. Cuando les describo cómo funcionaban los retretes simplemente no lo pueden creer. Algunos piensan que me lo invento. En estos días el agua es un asunto serio. Si desperdicias un litro de agua puede que muera alguna persona.

Hace ya muchas décadas que la gente empezó –por pura necesidad– a cultivar su propia comida. No todo el mundo tuvo éxito y hubo penurias. Una de las cosas más frustrantes era la falta de buenas semillas. Poca gente entendió a tiempo la importancia de preservar semillas de una temporada para la siguiente, de modo que los stocks de semillas existentes se agotaron muy rápido. También existía el gran problema de las modernas variedades híbridas: muy pocas de las hortalizas de invernadero plantadas producirían buenas semillas para el año siguiente. Las plantas de diseño genético eran incluso peores, causando todo tipo de problemas ecológicos cuyas consecuencias aún seguimos padeciendo, en especial la muerte de abejas y otros insectos beneficiosos. En la actualidad, las semillas de alimentos bien polinizados son para nosotros lo que era el oro para ustedes.

Cuando yo era más joven, a los 50 o 60 años, he viajado algunas veces a pie y a caballo elaborando informes del mundo exterior para mi comunidad. Por lo que he visto y oído, parece que alguna gente de diferentes lugares se las ha arreglado de maneras también diferentes, y con diversos grados de éxito. Irónicamente, eran los indígenas los más preparados, y quienes más fueron perseguidos por la civilización industrial. Aún conservaban gran cantidad de conocimientos de cómo vivir en el campo, en la simplicidad, asociados a la tierra. En algunos sitios, la gente está conviviendo en comunidades rurales improvisadas; otros están intentando sobrevivir en lo que queda de los grandes centros urbanos, rompiendo trabajosamente el hormigón que cubre los valles y cultivando lo que pueden, al tiempo que reciclan y comercian toda la vieja basura industrial que quedó atrás cuando la gente huyó de las ciudades alrededor de 2020. Como historiador, una de mis mayores frustraciones fue la rápida desaparición del conocimiento. Ustedes tenían la manía de meter la información más importante en medios de almacenamiento electrónico y papel tratado con químicos, pero con el tiempo se fueron inutilizando. La mayor parte de lo rescatado lo tenemos en fotografías, con imágenes que se van desvaneciendo, libros variados, y revistas semidestruidas.

Algunos de nuestros jóvenes miran los anuncios en esas viejas revistas y tratan de imaginar cómo habrá sido vivir en un mundo de aviones, electricidad y coches deportivos. ¡Aquello debió ser Utopía, El Paraíso Terrenal! exclaman… Otros no tenemos una visión tan optimista del pasado. Supongo que es parte de mi misión como historiador, recordarle a todo el mundo que las imágenes de los anuncios eran sólo una máscara de la historia; era “la otra cara” de la historia, que ocultaba la galopante explotación de la naturaleza y de la gente, la ceguera ante las consecuencias, lo que condujo a todos los horrores del siglo veintiuno.

Ustedes seguramente se preguntarán si les puedo contar alguna buena noticia, algo alentador o positivo acerca del futuro de su mundo. Bueno, como pasa con la mayoría de las cosas, depende de la perspectiva que adopten. Muchos de los supervivientes aprendieron valiosas lecciones. Aprendieron qué es lo importante en esta vida, y qué no. Aprendieron a cuidar el tesoro de un buen suelo, las semillas puras, el agua limpia, el aire sin contaminar, y los amigos con quienes poder contar. Aprendieron que es importante hacerse cargo de la propia vida, antes que esperar que se haga cargo el gobierno o las empresas. Ahora ya no existen “empleos”, de modo que el tiempo de la gente depende de cada uno. Ahora piensan más por sí mismos, y como consecuencia de ello, las viejas religiones han sido mayormente dejadas de lado, y la gente ha redescubierto la espiritualidad en la naturaleza y en sus comunidades locales. Los niños hoy están ansiosos por aprender y crear su propia cultura. Los traumas del colapso de la civilización industrial son cosas del pasado, eso ahora ya es historia. Se ha iniciado un nuevo día.

¿Pueden ustedes cambiar el futuro? Yo no lo sé. Hay todo tipo de contradicciones lógicas en esta pregunta. Yo mismo apenas alcanzo a comprender los principios de la física que me están permitiendo transmitirles este mensaje en el tiempo. Es posible que a partir de la lectura de esta carta ustedes puedan hacer algo que habría cambiado mi mundo. Es posible que puedan salvar un bosque o una especie, o conserven alguna vieja semilla como si fuera una reliquia, o que contribuyan a prepararse ustedes mismos y el resto de la población para el descenso energético que les espera. Mi dura vida podría haber sido diferente como resultado de ello. Entonces supongo que esta carta sería diferente si ustedes hubieran adoptado acciones diferentes. Habríamos establecido algún tipo de realimentación cósmica entre el pasado y el futuro. Resulta interesante pensar en ello.

Hablando de la física, quizá deba mencionar que he llegado a aceptar una visión de la historia basada en lo que he leído sobre la teoría del caos. Según dicha teoría, en los sistemas caóticos, pequeños cambios en las condiciones iniciales pueden llevar a grandes cambios en los resultados finales. Pues bien, la sociedad y la historia de la humanidad son sistemas caóticos. Si bien lo que la mayoría de la gente hace está determinado por circunstancias materiales, sigue habiendo un margen de maniobra, y lo que ustedes hagan ahora puede producir una diferencia significativa en la tendencia. Si miramos en retrospectiva, veremos que la supervivencia humana en el siglo veintiuno dependía de una multiplicidad de pequeños esfuerzos, aparentemente insignificantes, realizados por individuos y grupos marginales en el siglo veinte. El movimiento anti-nuclear, el movimiento ambientalista, el movimiento en contra de la biotecnología y la manipulación genética, los movimientos en favor de los alimentos y la agricultura orgánicos, los movimientos de apoyo a los pueblos indígenas, las pequeñas organizaciones dedicadas a preservar semillas, todos ellos han tenido un profundo y positivo impacto sobre los acontecimientos futuros.

Hablando en términos lógicos, supongo que si ustedes modificaban la red de causalidades que ha llevado a mi existencia actual, es posible que algunos hechos hubieran impedido mi presencia aquí ahora. En tal caso, esta carta constituiría la nota de suicidio más extraña de toda la historia..!! Pero este es un riesgo que yo estoy dispuesto a correr. Hagan lo que puedan, y mientras lo hacen, por favor, trátense con respeto y amabilidad. ¡Nada ni nadie seguirá siendo tal como ustedes lo conocen!

Texto original (en inglés)